Me había tocado Matemáticas 1 con el Profesor Camacho. En la entrada del salón del edificio de Matemáticas y Sistemas, un montón de jóvenes recién ingresados esperábamos atentamente que salieran los estudiantes del curso anterior para poder entrar nosotros. Yo había llegado temprano, como siempre hacía para una primera clase, y pude sentarme entre los primeros puestos.
Unos cursos más tarde comenzamos a darnos cuenta de que las clases de Camacho eran populares y que no bastaba llegar unos minutos antes. De hecho, los alumnos de otros profesores menos dotados en eso de enseñar venían a oir a nuestro profesor. Como consecuencia la clase desbordaba por todos lados: era imposible llegarle a un puesto sin saltar de un pupitre a otro, las puertas del aula estaban abiertas de par en par y muchos se arrinconaban en el piso para tomar nota.
Como consecuencia de la situación me había puesto de acuerdo con un amigo que nos turnaríamos para guardarnos puesto. Con lo cual uno de nosotros llegaba dos horas antes a la puerta del salón a esperar que la clase anterior terminara, entraba y ocupaba los mejores puestos. El método no funcionaba siempre, porque mi amigo no hacía su parte, con lo cual me las arreglaba sola y en cuanto el salón abría sus puertas me abalanzaba hacia el pupitre del medio más cercano que pudiese conseguir y ponía mis útiles para marcar el territorio.
Aquel día había comenzado como de costumbre. El número de estudiantes que esperábamos afuera por el puesto había crecido de manera descomunal así que a pesar de las dos horas de distancia con el principio de la clase, me tocó reservar un puesto en el medio de la sala, no tan cercano a la tarima. Marqué mi pupitre con mi pesado ejemplar del libro de cálculo y me fui a matar el tiempo a la cafetería con la excusa de tomarme un café con leche. Faltaba al menos una hora para que comenzara la clase.
De regreso me esperaba una sorpresa. Un hombre de bigotes, vestido de camisa y pantalón caqui había venido con una cámara para grabar el curso y no se le había ocurrido nada major que quitarme el puesto y utilizarlo para instalar el soporte de la cámara. Yo no lo podía creer, de todos los pupitres, se le había ocurrido quitar justamente el mío.
Entonces, desde la indignación de mis efusivos quince años le expliqué al sorpresivo operador de cámara que cómo se le ocurría quitarme el puesto sin pedirme permiso, que yo había llegado dos horas antes para reservarlo y que nadie me lo iba a quitar. El camarógrafo me miró muy seriamente sin decir palabra, probablemente apabullado por la ira de la que era objeto. El profesor Camacho ya estaba llegando para empezar la clase, así que no había tiempo de seguir argumentando. Agarré mis útiles y me fui para atrás llevando a cuestas la indignación del que cree haber sido objeto de una gran injusticia.
No volví a ver al camarógrafo, pero si a la cámara que sería utilizada en cada clase: el departamento de Matemáticas había decidido arreglar la situación del exceso de estudiantes grabando las clases del respetado profesor Camacho, con lo cual la presión sobre los puestos en clase disminuyó considerablemente...pero yo seguí llegando temprano y tomando en cuenta la posición relativa del trípode antes de reservar pupitre.
Varias semanas más tarde, los muchachos del centro de estudiante congregaron una delegación de estudiantes del primer trimestre para protestar las condiciones del segundo parcial de Matemáticas. Como no tenía nada que hacer en ése momento, me uní al concurrido grupo. Subimos al tercer piso del edificio de Matemáticas y nuestro representante pidió hablar con el director del departamento.
Cuál no sería mi sorpresa cuando de la oficina de dirección salió el silencioso camarógrafo que había sido objeto de mi ira territorial unas semanas antes. El hombre era nada más y nada menos que el director del departamento de Matemáticas!
Quiso la suerte que nunca me tocara como profesor y con los años el incidente fue motivo de chistes y de risas entre aquellos que conocíamos el cuento.
La historia se fue esfumando y quedó olvidada en algún cajón de mi memoria hasta el día de hoy en que vi el nombre del nuevo rector de la Universidad. Me dije que ése nombre me recordaba algo y fue la foto del periódico la que hizo que asociara ese rector de corbata con el mal amado camarógrafo de mi cuento.
Si lo ven por allí, en los pasillos del rectorado o caminando por los jardines de Sartenejas, díganle que le deseo suerte en la enorme tarea que tiene en estos momentos, que desde hace tiempo le perdoné que me dejara sin pupitre y que, pensándolo bien, me parece magnífico que en la Venezuela de entonces un joven director de departamento usara el ingenio para solucionar rápidamente un problema lógistico importante...
...así tuviera que quitarle el puesto a la muchachita esa de la tercera fila.
Al principio de los años 90, escribía en una lista de distribución llamada Atarraya mis recuerdos y vivencias cotidianas e intrascendentes, para que no se me olvidaran. He recogido en este espacio algunos de aquellos escritos, con la fecha inicial de envío y los completo con cuentos, historias y opiniones recientes.
Saturday, May 30, 2009
Tuesday, May 12, 2009
Chavismo no es democracia
Democracia no es sólo tener elecciones, sino es un sistema de garantías y libertades para que los electores tengan la posibilidad de darle libremente una patada electoral por el trasero a sus gobernantes.
Las elecciones son entonces una condición necesaria pero no suficiente para tener democracia.
Las garantías y libertades necesarias son muchas, son variadas y deben ser consistentes en el espacio y en el tiempo. Entre ellas tenemos la transparencia, la separación de poderes, el respeto de la Constitución y las leyes, la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, de disidencia, de protesta, la no utilización de recursos públicos con fines partidistas, el respeto de la ética y el no aceptar conflictos de interés.
El gobierno del Presidente Hugo Chávez viola todos esos elementos. Los ejemplos son muchos y se han acumulado durante los años. Basta con oir Aló Presidente o las numerosas cadenas de radio y televisión para darse cuenta de que el Presidente utiliza los medios del Estado con fines políticos personales, o entrar a la página web de Venezolana de Televisión, la televisora de Estado, para confirmar que todos los recursos de la televisora, pagada exclusivamente con fondos públicos, están a la disposición del gobierno y de la persona de Hugo Chávez. No hablemos de separación de poderes: bajo el gobierno de Chávez los poderes han sido literalmente constituidos como entes de ejecución de la voluntad del líder absoluto que es el Presidente.
Pero lo que más erode la democracia en Venezuela son los elementos intangibles que tocan derechos humanos: igualdad ante la ley, libertad de expresión, libertad de disidencia, libertad de protesta.
Igualdad ante la ley significa que cualquier individuo será tratado de la misma manera, no sólo en el caso de tener que acudir al sistema de justicia, sino también en sus diversos quehaceres con el Estado. En democracia el ente recolector de impuesto o la contraloría no estudian con más atención la declaración de un contribuyente o de un gobernante local adverso al gobierno central; la fiscalía no modula el tipo ni el tiempo de actuación en función de quién es el imputado y los entes del Estado no responden más o menos rápido dependiendo de quién haga el pedido. En Venezuela está pasando exactamente lo contrario: la población ha sido dividida en dos y el gobierno ha decidido que es natural tratar diferentemente a los opositores al Presidente. Con ello, vemos que los poderes públicos se convierten, a veces de manera clara y otras de manera más sutil, en entes discriminatorios en sus respectivas funciones, lo que equivale a una evidente, o velada, persecución política.
Se dice que en Venezuela hay libertad de expresión porque la mayoría de los medios pueden estar abiertamente contra el gobierno. Si pasamos por alto el cierre de Radio Caracas Televisión, los ataques tantos físicos como verbales contra periodistas y directivos de Globovisión y las expulsiones súbitas de visitantes que se han expresado contra el gobierno, el testigo circunstancial diría que si, que claro, que la libertad de expresión es ilimitada porque periódicos, periodistas, investigadores y blogueros pueden decir lo que les de la gana. De nuevo, son las sutilezas las que hacen la diferencia. El testigo circunstancial no ve que después de una carta publicada a Nature criticando la política de ciencias en el país, el investigador que escribe se encuentra con una orden de despido; no ve que después de un artículo de opinión sobre la política nuclear del país, el físico que escribe se ve despojado de su jefatura de laboratorio; no ve que después de una serie de editoriales importantes contra el gobierno, se amenaza al editorialista en jefe de un periódico con una averiguación sobre sus bienes de sucesión. Los ejemplos son muchos y lo que demuestran es que la libertad de expresión tiene tres componentes: el primero es la posibilidad de expresarse, el segundo es poder expresarse sin miedo a represalias y el tercero es que tras haber ejercido su derecho de expresión no haya represalias. Claramente, en Venezuela no existe ni el segundo ni el tercer componente.
En cuanto a la libertad de disidencia hay que decir que en Venezuela hay disidencia y fuerte: por lo menos un cuarenta por ciento de la población es contraria al gobierno. Sin embargo, no existe en la Venezuela actual la aceptación de la disidencia como parte del sistema democrático. Si la disidencia se expresa, el Presidente y los entes del gobierno se ocupan, en el mejor de los casos, de ridiculizarla públicamente, usando groseramente todos los medios del Estado y, en el peor, de tomar las medidas necesarias para que no vuelva a vocalizarse. Hemos visto, además, que el Presidente no acepta ni siquiera la disidencia del voto ya que cuando le tocó perder el Referendo sobre la Reforma, ciertas Gobernaciones claves o las Alcaldías de la capital, arremetió contra votantes de manera anti-democrática. Lo que es más grave: el Presidente puso inmediatamente en marcha el plan de modificar ilegalmente la Constitución e hizo promulgar leyes que le permiten pasar por encima del voto popular y utilizar los recursos de la Nación de manera diferenciada para poder asfixiar económica y políticamente cualquier foco local o regional de disidencia.
Finalmente llegamos a la libertad de protesta, la cual, para poder ser ejercida plenamente, debe estar desprovista de temor. No es el caso en Venezuela ya que el chavismo ha institucionalizado el miedo: miedo a perder el empleo de funcionario de no ir vestido de rojo a una marcha del Estado, miedo a los batallones blindados de policía y guardia nacional que flanquean marchas de estudiantes y amas de casa, miedo al gas lacrimógeno, del bueno, que el Estado lanza sin el menor pudor a ancianos y adolescentes, miedo a las balas perdidas o adrede de grupos armados infiltrados y protegidos por el chavismo.
Y entonces, la próxima vez que alguien les indique que Venezuela tiene un sistema demócrata porque todavía hay elecciones, recuérdenle que las garantías y libertades para poderle dar al gobernante una buena patada por el trasero ya no existen en el país. Fueron menoscabadas, poco a poco, y durante años, por el sistema de gobierno creado por Hugo Chávez, quien pasará a la historia como un abalorio más en nuestro rosario de déspotas.
Las elecciones son entonces una condición necesaria pero no suficiente para tener democracia.
Las garantías y libertades necesarias son muchas, son variadas y deben ser consistentes en el espacio y en el tiempo. Entre ellas tenemos la transparencia, la separación de poderes, el respeto de la Constitución y las leyes, la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, de disidencia, de protesta, la no utilización de recursos públicos con fines partidistas, el respeto de la ética y el no aceptar conflictos de interés.
El gobierno del Presidente Hugo Chávez viola todos esos elementos. Los ejemplos son muchos y se han acumulado durante los años. Basta con oir Aló Presidente o las numerosas cadenas de radio y televisión para darse cuenta de que el Presidente utiliza los medios del Estado con fines políticos personales, o entrar a la página web de Venezolana de Televisión, la televisora de Estado, para confirmar que todos los recursos de la televisora, pagada exclusivamente con fondos públicos, están a la disposición del gobierno y de la persona de Hugo Chávez. No hablemos de separación de poderes: bajo el gobierno de Chávez los poderes han sido literalmente constituidos como entes de ejecución de la voluntad del líder absoluto que es el Presidente.
Pero lo que más erode la democracia en Venezuela son los elementos intangibles que tocan derechos humanos: igualdad ante la ley, libertad de expresión, libertad de disidencia, libertad de protesta.
Igualdad ante la ley significa que cualquier individuo será tratado de la misma manera, no sólo en el caso de tener que acudir al sistema de justicia, sino también en sus diversos quehaceres con el Estado. En democracia el ente recolector de impuesto o la contraloría no estudian con más atención la declaración de un contribuyente o de un gobernante local adverso al gobierno central; la fiscalía no modula el tipo ni el tiempo de actuación en función de quién es el imputado y los entes del Estado no responden más o menos rápido dependiendo de quién haga el pedido. En Venezuela está pasando exactamente lo contrario: la población ha sido dividida en dos y el gobierno ha decidido que es natural tratar diferentemente a los opositores al Presidente. Con ello, vemos que los poderes públicos se convierten, a veces de manera clara y otras de manera más sutil, en entes discriminatorios en sus respectivas funciones, lo que equivale a una evidente, o velada, persecución política.
Se dice que en Venezuela hay libertad de expresión porque la mayoría de los medios pueden estar abiertamente contra el gobierno. Si pasamos por alto el cierre de Radio Caracas Televisión, los ataques tantos físicos como verbales contra periodistas y directivos de Globovisión y las expulsiones súbitas de visitantes que se han expresado contra el gobierno, el testigo circunstancial diría que si, que claro, que la libertad de expresión es ilimitada porque periódicos, periodistas, investigadores y blogueros pueden decir lo que les de la gana. De nuevo, son las sutilezas las que hacen la diferencia. El testigo circunstancial no ve que después de una carta publicada a Nature criticando la política de ciencias en el país, el investigador que escribe se encuentra con una orden de despido; no ve que después de un artículo de opinión sobre la política nuclear del país, el físico que escribe se ve despojado de su jefatura de laboratorio; no ve que después de una serie de editoriales importantes contra el gobierno, se amenaza al editorialista en jefe de un periódico con una averiguación sobre sus bienes de sucesión. Los ejemplos son muchos y lo que demuestran es que la libertad de expresión tiene tres componentes: el primero es la posibilidad de expresarse, el segundo es poder expresarse sin miedo a represalias y el tercero es que tras haber ejercido su derecho de expresión no haya represalias. Claramente, en Venezuela no existe ni el segundo ni el tercer componente.
En cuanto a la libertad de disidencia hay que decir que en Venezuela hay disidencia y fuerte: por lo menos un cuarenta por ciento de la población es contraria al gobierno. Sin embargo, no existe en la Venezuela actual la aceptación de la disidencia como parte del sistema democrático. Si la disidencia se expresa, el Presidente y los entes del gobierno se ocupan, en el mejor de los casos, de ridiculizarla públicamente, usando groseramente todos los medios del Estado y, en el peor, de tomar las medidas necesarias para que no vuelva a vocalizarse. Hemos visto, además, que el Presidente no acepta ni siquiera la disidencia del voto ya que cuando le tocó perder el Referendo sobre la Reforma, ciertas Gobernaciones claves o las Alcaldías de la capital, arremetió contra votantes de manera anti-democrática. Lo que es más grave: el Presidente puso inmediatamente en marcha el plan de modificar ilegalmente la Constitución e hizo promulgar leyes que le permiten pasar por encima del voto popular y utilizar los recursos de la Nación de manera diferenciada para poder asfixiar económica y políticamente cualquier foco local o regional de disidencia.
Finalmente llegamos a la libertad de protesta, la cual, para poder ser ejercida plenamente, debe estar desprovista de temor. No es el caso en Venezuela ya que el chavismo ha institucionalizado el miedo: miedo a perder el empleo de funcionario de no ir vestido de rojo a una marcha del Estado, miedo a los batallones blindados de policía y guardia nacional que flanquean marchas de estudiantes y amas de casa, miedo al gas lacrimógeno, del bueno, que el Estado lanza sin el menor pudor a ancianos y adolescentes, miedo a las balas perdidas o adrede de grupos armados infiltrados y protegidos por el chavismo.
Y entonces, la próxima vez que alguien les indique que Venezuela tiene un sistema demócrata porque todavía hay elecciones, recuérdenle que las garantías y libertades para poderle dar al gobernante una buena patada por el trasero ya no existen en el país. Fueron menoscabadas, poco a poco, y durante años, por el sistema de gobierno creado por Hugo Chávez, quien pasará a la historia como un abalorio más en nuestro rosario de déspotas.
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