Hoy es el día del recuerdo, para conmemorar los cien años de la gran guerra. En Canadá, llevamos unas amapolas rojas, para recordar a los combatientes, oimos por la radio historias increibles de jóvenes de diecinueve años que se enlistaban para ir a combatir en nombre de la Reina y mujeres de veinte años para hacer de enfermeras en un idioma que no era el de ellas. Los recuentos indican que no temían morir porque sabían que "la causa era justa". Al oir la frase, me pregunto, ¿Cómo sabían que la causa era justa? ¿Cómo sabían que no se trataba de una confluencia de potencias a ver quien pescaba en río revuelto?
Wikipedia dice que la Primera Guerra Mundial fue uno de los conflictos más sangrientos de la historia: 9 millones de soldados y 7 millones de civiles murieron en ella. Sin embargo, qué poco sabemos de ella. De niña, en Italia, leía que un archiduque había sido asesinado y que, de alguna manera, la Primera Guerra tenía que ver con la recuperación de tierras nórdicas que los malvados austríacos le habían robado a Italia. Siempre me pregunté qué tenía que ver el archiduque con los austríacos, y porqué la muerte de uno desencadenó una guerra donde murieron millones y millones de personas.
Sinceramente, después de tantos años, aún no tengo la respuesta.
Es una guerra de la que desconozco el enemigo verdadero y la razón
por la cual se enviaron tantos muchachos a que se mataran. Quizás sea así para todas las guerras: lo que parece importante, justo, inminente ahora, resulta incomprensible en cien años.
Pero soy injusta, porque la guerra haya sido incomprensible no significa que no haya tenido legado. El legado de esa guerra fue hacerle entender al mundo lo que una
guerra moderna significa realmente. Después de la guerra, crearon la Sociedad de Naciones, para que algo semejante no volviese a suceder. Fueron deseos piadoso, pero, al fin y al cabo, sí se creó una conciencia colectiva, a muy alto precio.
Mi abuelo luchó en ella. A los diecinueve años se enlistó en la marina y luchó dentro de un submarino en las costas mediterráneas. El sólo pensar hoy en día en entrar a un submarino me horroriza, imagínense hacerlo en la lata de sardinas que debía ser el submarino italiano en 1914.
En su honor, re-copio aquí abajo un viejo post que le hice en el 2007.
Maritozzis intrascendentes
El
día de invierno está gris, pero a pesar de la sacrosanta camiseta de
lana que mi abuela me obliga a ponerme desde el inicio del Otoño, o
quizás, gracias a ella, yo no siento nada de frío. Mi nonno, un
hombrecito calvo, serio, escueto y encorvado por la edad, de incisivos
ojos azules y nariz aguileña, me toma de la mano y me indica, a la
salida del parque, que vayamos a la Panadería.
El parque queda a
unas cuadras del apartamento de tres cuartos, donde mis abuelos criaron a
sus siete hijos. El parque está dentro de una antigua villa romana, que
yo no aprenderé a apreciar sino muchos años después cuando me quedaré
impresionada que esos tesoros escondidos puedan existir en la ciudad
eterna . Por el momento, el único interés que la villa tiene para mi es
ese espacio colorido de columpios y tubos de juegos que a alguien se le
ocurrió poner al lado de las antiguas estatuas para divertir a los
niños romanos modernos. Mi nonno me lleva todos los días, a la salida
del colegio. Me deja que me monte en los columpios, a pesar de que sabe
que ensucio il grembiule, la batita de escuela, y me hace montarme en un
burrito que recorre el parque con una carreta cargada de niños.
El
burrito es suave y dócil y a mi me da mucha ternura, en particular
desde que una de mis amiguitas de escuela me explicó que era de los
burritos que sacaban las mortadelas. Yo no se si creerle o no, pero, por
si acaso, he dejado de comer mortadela durante semanas y cada vez que
puedo le paso la mano por la cabeza al pobre burrito destinado a ser
charcutería.
Mi nonno poco habla y, cuando lo hace, utiliza a
veces términos del dialecto de su pueblo que, con la edad y la soledad,
se le han ido confundiendo con el italiano impecable que, según mi
abuela, debería siempre hablar delante de nosotros.
Es por eso
que no lo entiendo, al principio, cuando me indica que me lleva a la
Panadería porque me va a hacer probar « un maritozzo » , pienso que se
trata de uno de esos términos de el, que sólo mi abuela conoce. De esos
que saca de repente, cuando, pensativo, dice algo al final del almuerzo,
antes de irse a la cocina a preparar el café, que es una de las tareas
que mi abuela le tiene asignada.
Dicen que mi nonno prepara el
mejor café de la familia. Además, compra el pan y el vino, busca el
aceite y las conservas en la bodega del apartamento y nos acompaña a mi
hermano y a mi al colegio. A mi esas tareas me tienen sin cuidado.Yo
no tomo café, salvo una leche coloreada que mi nonna me prepara en las
mañanas como desayuno. Tampoco tengo edad para tomar vino puro, así que
me dan una bebida que a mi no me hace gracia que consiste en vino rojo
diluido con mucha agua. Además, no he asociado todavía el espeso aceite
de oliva traido del sur que mi abuelo guarda celosamente en grandes
garrafas en las temperadas bodegas del edificio, con la rica cocina de
mi abuela, que yo doy por descontada. En cuanto a ir al colegio, a mi
mas bien me fastidia un poco su ritmo lento de caminar y su cara seria,
siempre taciturna, que tanto contrasta con los ojos pícaros y la sonrisa
vivaz de mi abuela.
Mi nonno hace todas las tareas
conciensiosamente y sin rechistar, salvo la compra del pan, porque como
vivió las dos guerras, nunca quiere que botemos las rosetas viejas.
Cada vez que mi abuela le pide dos nuevas rosetas para el almuerzo, se
indigna discretamente, le dice que las de ayer están buenas y le
recuerda las colas de medio día que tenía que hacer para buscar la
ración asignada a su numerosa familia durante la guerra. Es el único
momento del día en el que lo oigo entablar una conversación completa. Mi
nonna se ríe, me guiña el ojo pícaramente y le ordena :
« Vai, vai »
Como
es costumbre, mi nonno obedece lentamente, se pone el sombrero y el
abrigo de lana y se asegura de que tiene las diez liras de ida y las
diez de regreso que se necesitan para accionar el mecanismo del ascensor
de cuatro puertas que el condominio acaba de instalar en el viejo
edificio.
A pesar de las idas cotidianas a la escuela y al
parque, de todos los parientes que se ocupan de mi hermano y de mi en
nuestra estadía romana, el que me parece menos interesante es sin lugar a
dudas mi nonno. El pobre no tiene la vivaciadad ni la ternura de mi
abuela, no me hace cómplice de sus amores llevándome a escondidas a la
feria de diversiones con la novia malquerida como hace mi tío más joven,
no me enseña, como mi tía química, cómo cambian los fuegos de colores ,
no me explica los sistemas de gobierno o me trata de enseñar la
diferencia entre los liberales y los republicanos en las elecciones
venideras, como lo hace mi tío el político. Mi nonno todo lo que hace es
asegurarse cada vez que salimos si llevo puesta la camiseta de lana,
para que no me de una pulmonía, y camina lentamente de la casa al
colegio, al parque, y luego a la casa.
Por eso es que no entiendo
cuando me indica que vayamos a la panadería. No a buscar una de esas
rosetas que según el no hacen falta, sino a hacerme probar un maritozzo.
Le doy la mano y mientras emprendemos el camino insólito me va contando
las únicas historias que vale la pena oirle : cómo se iluminó su pueblo
de fuegos artificiales cuando llegó el siglo y cómo fue que en el
submarino donde le había tocado luchar en la primera guerra mundial, el
capitán lo obligaba a disparar en un instante preciso y « pouff »
tocaban el barco del enemigo. Por primera vez el azul de los ojos se le
ilumina con el recuerdo y, sin darse cuenta, lejos del oido inquisidor
de mi abuela, me empieza a hablar en dialecto.
Entramos a la
pequeña panadería. El viejo panadero hace una muestra de reconocimiento,
indaga si soy la hija de mi papá, y le pregunta al nonno si quiere dos
rosetas.
-No, hoy no, hoy vine a buscar un maritozzo para la nieta.
El
panadero se va a la parte de atrás, y regresa con lo que parece un
pancito relleno de crema. Lo pruebo. En el acto, la pasta se deshace en
mi boca y el dulce apenas perceptible se va mezclando con la suavidad de
la espesa crema batida.
Años después, en Montreal, mi amigo Guy
me dirá que el paraiso debe ser comer crema batida cucharada trás
cucharada, sin cansarse nunca, como que si cada cucharada fuese siepre
la primera. Guy tendría razón.
Yo ya había conocido la crema
batida en las esponjosas tortas de fresas con crema de la panadería El
Parque que mi mamá compraba para cada cumpleaños, pero nunca antes había
experimentado esa mezcla de pasta de briocha seca con la ligereza
untuosa de la crema. Un paraiso asombrosamente sencillo, pero paraiso al
fin que se abría a mis papilas gustativas por la primera vez en aquella
pequeña panadería de barrio romano.
A partir de allí, de vez
en cuando, casi que a menudo, pero siempre serio, siempre escueto y
siempre sin una palabra, mi nonno se presentaba sin rosetas pero con
unos papeles encerados que contenían un maritozzo para la nieta que ya
no comía mortadela.
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Los maritozzi
se habían perdido de mi memoria, nunca mas los recordé hasta una tarde
reciente en que por alguna razón desconocida volvieron a mi mente. Abrí
firefox, tipeé el término y por la magia de Google caí en un sitio
italiano de recetas romanas. Saqué mi pesa de cocina, la harina, y la
levadura y me dispuse a amasar para recuperar mis papilas de recuerdos.
El resultado fue perfecto. La resequedad de la pasta contrastaba perfectamente con la suavidad y la dulzura de la crema.
Mientras
saboreaba el maritozzo, era una parte de mi infancia que veía pasar en
technicolor y en cada bocado, el rompecabeza de los detalles que en
aquellos momentos infantiles no fueron importantes se fue construyendo.
Desde entonces, los maritozzi han dejado de ser intrascendentes.
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La receta comentada en la
Apostilla.