Saturday, April 16, 2005

Las hallacas de Faride 15/12/91



[
Cuento intrascendente dedicado
a aquellos que lavaron hojas,
echaron chistes,
y probaron la primera hallaca
y a la memoria
de Faride, de quien aprendí
el arte jerárquico de
hacer hallacas. ]

Desde pequeña, supe que había una jerarquía muy especial en eso de hacer hallacas: a mí, de muchachita, me tocaba lavar y secar las hojas lo cual es, indudablemente, el trabajo más ingrato. Mi mamá me aseguraba que, con el pasar de los años, llegaría incluso a echarle el "adorno" a la hallaca o, mejor aún, probar el guiso (que es el trabajo exclusivo de mi abuela Faride). ¡Ay de mí! Tal era quizás la situación en la generación pasada en la que los trabajadores podíamos aspirar a promociones justas: uno comenzaba lavando hojas, seguía cortando jamón, haciendo bolitas de masa, hasta que, finalmente, le salía a uno adornar, amarrar y finalmente probar guiso.

Pues la cosa no ha sido asi. No se si se debe a la mundialización, pero yo, después de llegar al puesto de extendedora de masa (un año mi abuela trató de suplantarme con una maquinita, pero no funcionó), vi. como mi hermano Bruno, menor y con mucha menos experiencia que yo, pasó directo a amarrador de hallacas. Luego vi a mi hermana Bea, aún menor, ir a hacer "mandados" (que si faltan encurtidos, que no alcanzan las hojas, que si ve a comprar cachitos de jamón ...) y por fin, vi al menor de todos mis hermanos, que debía haber estado lavando hojas, llegar fresco como una lechuga a comerse las pasas y las aceitunas, servir vino a los presentes y echar chistes...

Mi abuela, sigue allí, dirigiendo y criticando: que si la masa esta floja, que está gruesa, que van a parecer hallacas andinas (¡mi abuela es oriental!), que el guiso está muy picante...y siempre, en el medio del trabajo, anuncia que este año las hallacas saldrán malísimas.

Después, como por arte de magia, llega el momento de probar la primera hallaca. Los amasadores paramos el trabajo, nos limpiamos el onoto de las manos y ¡a probar! En un segundo, las predicciones de mi abuela se caen completamente y brindamos porque salgan más hallacas que el año anterior... ¡Que van veinte! ¡Que van treinta!

Generalmente es una de mis primas la que se encarga de contar, y casi siempre existe discordancia entre el conteo de los amasadores (en el patio) y el de la cocina: los amasadores somos mucho mas optimistas o los trabajadores de la cocina hacen trampa . Cuando nos damos cuenta que no llegaremos ni al número de hallacas del año anterior, los más jóvenes, trabajadores o no, establecemos una regla clara y estricta:

"¡de aquí, este año, no sale ni una hallaca!".

Mi mamá y mi abuela, sobre todo esta última, escandalizadas ante una regla tan contraria al espíritu venezolano, tratan a menudo de sacar alguna que otra bolsa, escondida entre un montón de regalos, o entre carpetas de trabajo. Al ser agarradas in fraganti, mi mamá saca unas cuantas excusas:

"que son para Juanita, mi secretaria", "que son para Elina, que hizo el chivo", "¿qué como no le vamos a regalar hallacas a Margarita, la vecina?...¿o a tu tia?".

Mi abuela, mucho menos diplomática, se dirige al nieto en cuestión con una retahíla de epítetos pronunciados a velocidad carupanera donde hasta sus hijas salen mal paradas .

Luego, quejándose de que le van a hacer subir la tensión con la rabieta, saca de una vez su contrabando de hallacas y arranca en el "batimóbil", un Dodge deportivo de ocho cilindros que pronto será pieza para el Museo de Transporte, a repartir hallacas entre sus amistades...

Bueno, a parte de esas fugas inevitables, de mi casa, ejem, ejem, no sale ni una hallaca.

1 comment:

Diana said...

Bruni,Gracias por el cuento de las hallacas.Durante tantos años, en tu casa en Diciembre, jamás logré subir ni un solo peldaño: quedé con título vitalicio de limpiadora y secadora de hojas !Añoro esos días con Faridita. Lamento profundamente no haber aprendido a hacer el guiso, ni a amarrar.