Saturday, September 03, 2005

Tres novios intrascendentes




Dedico esta historia a los Renés,
Alejandros y Luises que se sientan

identificados con la mísma.

Llamémosla Viviana Carbonel para preservar toda la sonoridad de su verdadero nombre que parecía heredado de alguna novela de Delia Fiallo o de un famoso libro de Rómulo Gallegos. Fue justamente gracias a ese comentario de Matilde que Viviana descubrió a Gallegos al leerse completito el libro donde el personaje principal tenía su mismo apellido. En aquel entonces, las muchachas como Viviana leían sólo Historia de Amor, Salvador Gaviota y ¿Qué le han hecho a Solange?. Por su parte, Matilde descubría, sin entender mucho, Cien Años de Soledad , se torturaba interpretando al personaje de El Túnel y se iniciaba a la riqueza de las novelas de Alejo Carpentier. Todos éllos libros obligatorios en su programa de bachillerato.

Fue justamente intercambiando lecturas obligatorias que se hicieron amigas. La profesora de Filosofía les había pedido un resumen de Salvador Gaviota, mientras que en Castellano, había que hablar de El Reino de Este Mundo. Decidieron trabajar juntas y, como pasa a menudo en equipos cuyos integrantes son totalmente opuestos, funcionaban de mil maravillas. Matilde hacía los resúmenes y Viviana los copiaba con su estilizada caligrafía Palmer, que nada tenía que ver con los trazos redondos y gorditos que Matilde había adquirido en su escuela primaria europea. Sin embargo, con el pasar del tiempo y las tareas, Matilde logró imitar tan bien la caligrafía de Viviana que nadie se daba cuenta que los trabajos habían sido escritos por dos personas distintas.

Por casualidades de la vida y cambios de sistemas escolares, Matilde siempre fue mucho menor que sus compañeras. Viviana, por el contrario, debía ser la mayor de la clase. Se llevaban al menos tres años, sino cuatro, y eso en un período de la vida en el que cada mes de experiencia cuenta de manera abrumadora.

Pero las diferencias no se limitaban a la edad. Viviana era alta y despampanante, con una preciosa melena, con mechas, cortada a la manera de Farrah Fawcet. Era el estilo de muchacha que nunca pasa desapercibida al entrar a cualquier sitio. Cuando reía, echaba la cabeza hacia atrás para hacer valer su cabellera y, en un movimiento digno de ser descrito por Cosmopolitan, que era su revista favorita, batía sus largas pestañas rimeladas y mostraba una hilera de pequeños dientes perfectos mientras jugueteaba coquetamente con el símbolo de la paz enganchado a una fina cadena de plata que colgaba de su alargado cuello. Conocía todos los lugares de moda, iba a desayunar al Tamanaco, a comer perros calientes de un metro en Le Drugstore, compraba suecos de diez centímetros en El Basurero y blue jeans Fiorucci donde los chinos de Maddox.

Matilde, por su parte, era el clásico patito feo al que le había tocado vivir entre magníficos cisnes. Era demasiado joven y tímida, y físicamente no parecía tener ninguno de los atributos que estaban de moda en aquel momento. Había cambiado los gruesos lentes de miope por unos lentes de contacto con lo cual había perdido el aire de nerd, pero conservado las acentuadas ojeras de lectora empedernida. Su busto era demasiado curvilíneo para la moda estilizada de la época y su rostro demasiado definido. Su frente era demasiado alta, su nariz nada respingona, su pelo demasiado rojo para siquiera pensar en ningún tipo de mechas. Además, obtener la soltura de las melenas de los Angeles de Charlie con aquellos rizos cerrados y rebeldes era una ardua tarea que llevaba media tarde de preparación en la peluquería y que terminaba en fracaso rotundo apenas alguna nube gris húmeda se asomaba al horizonte caraqueño.

Y así iniciaron una amistad en la que cada una aprendió de la otra. Pero Matilde aprendió mas que Viviana. Matilde le explicaba matemáticas y física, pero Viviana retenía sus enseñanzas sólo hasta el momento del examen. Vivana, por el contrario, le mostraba cómo tenía que echarse el rimel para que, al abrir los ojos, sus pestañas llegaran sorpresivamente hasta el borde de las cejas. Matilde me confesó una vez que tal lección de frivolidad pura es una de las que mas retiene y que su práctica, aún después de tantos años, la llena de satisfacción. Con el tiempo, además, también Matilde se encaramó en los suecos de diez centímetros, se compró los blue jeans Fiorucci azules con piqueteado verde y salió con sus compañeras a desayunar croissants con chocolate caliente al Tamanaco cuando terminaban los exámenes.

Las lecciones no se limitaban a cómo maquillarse ni vestirse. Los Caraqueños son unos fiesteros empedernidos y es casi imposible vivir en Caracas sin aprender a bailar como un profesional. A Matilde le encantaba bailar y lo hacia muy bien ya que practicaba con sus amigas todos los fines de semana en la sala de su casa, pero en aquel entonces y en su rango de edad existía la regla no escrita de que no se podía bailar sola y, bajo ninguna circunstancia, se podía sacar a bailar a los muchachos. Por supuesto que tales restricciones murieron una vez que perdió la timidez y ganó unos cuantos años, pero en aquel entonces la regla era implacable. Las fiestas eran entonces una tortura porque los muchachos, tan tímidos como las muchachas, no se atrevían a sacarlas y a las pobres le picaban los pies por salir a la pista. Fue entonces que Viviana, en una fiesta de pregraduación, le dio un truco a ella y a todo el grupo de amigas.

“Muchachas, esto es lo que hay que hacer”

Les explicó el procedimiento, que era de una simplicidad desarmante, y acto seguido, lo puso en práctica. Funcionó inmediatamente. Después, cada una de las muchachas siguió exactamente la misma consigna, la cual, para gran asombro de Matilde, tuvo éxito cada vez. No les diré cuál es, puesto que debo preservar los secretos que Matilde me ha confiado.

Viviana hablaba con los términos y el tono clásico de las pavitas caraqueñas de su época. Cada frase comenzaba con “Muérete que..” y alargaba la sonoridad de los acentos, en particular si se trataba de palabras esdrújulas. Así, Viviana no decía “muérete”, sino “muéeerete” . Poco a poco, sin darse cuenta, Matilde también fue adquiriendo los manierismos vocales de Viviana. Tanto que, un día, su mamá las confundió por teléfono. Ese día fue determinante en la relación entre Matilde y Viviana ya que esta última se dió cuenta de que su joven amiga no sólo podía explicarle matemáticas, sino que también podía ayudarla a salirse de ciertos líos en los que a menudo estaba metida.

Viviana tenía líos de novios.

A nadie le extrañará que les diga que una muchacha como Viviana tenga muchos novios. Lo único malo era que ella los quería tener simultáneamente. Entonces, la pobre se volvía un ocho tratando de lidear con todos ellos y hacerles creer a cada uno que se trataba del amor de su vida. A veces tenía una salida al cine con Luis, mientras había decidido ir a comer helados con Alejandro, sin acordarse que había quedado con René que estaría en el bowling de Prados del Este, o “Praados” como ella decía, a la misma hora. Matilde, que no tenía ningún tipo de experiencia en esos menesteres, se quedaba asombrada con la capacidad de Viviana de llamar, excusarse, pelearse, jurar, prometer, hasta que Alejandro, René y Luis quedaban perfectamente satisfechos con sus respectivas excusas.

La cosa no era fácil, acuérdense que en aquel entonces no existían celulares.

Pero el verdadero interés de Viviana no eran ni Alejandro, ni René ni Luis. Se llamaba Reinaldo, era médico, había estado casado, y le llevaba al menos diez años. Era un hombre alto de pelo negro, con un bigote que hacía recordar ligeramente a un charro mejicano. A Matilde, Reinaldo le parecía viejísimo, y no le gustaba nada, pero Viviana estaba hipnotizada con su nueva conquista. Reinaldo le recetaba antibióticos cuando le daba dolor de garganta, la llevaba a comer a restaurantes de verdad verdad, no sólo al Crema Paraíso, como Alejandro, y la iba a buscar al Colegio con su propio carro, un mustang azul último modelo.

Los padres de Viviana no aprobaban la relación con Reinaldo, pero Vivana era una rebelde, y se las arreglaba para seguir saliendo con el, a pesar de trabas y castigos. Ahora bien, a medida que la relación con Reinaldo se intensificaba, las excusas con los otros tres novios se hacían mas difíciles de fabricar. Matilde, desde la sabia ingenuidad de sus pocos años le indicaba a Viviana que porqué diablos quería seguir teniendo una relación con los otros si el que le interesaba verdaderamente era Reinaldo. Viviana respondía que élla no podía entender y seguía haciendo malabarismos logísticos para cuadrar salidas y llamadas y evitar que los cuatro se encontraran. Fue entonces cuando se le ocurrió que, con un poco de entrenamiento, Matilde podía, por teléfono, hacerse pasar por ella.

Al principio Matilde se quedó aterrada y negó toda colaboración. Ella conocía de lejos a cada uno de los novios, pero no sabía ningún detalle. Además, le dijo, alguna vez ella habría respondido al teléfono, así que a lo mejor se iban a dar cuenta. Y ¿qué les iba a decir? ¿Cómo los iba a tratar?

Viviana comenzó por tranquilizarla.

“Tu los dejas hablar, eso es todo” dijo. Y agregó,

“Y si te hacen cualquier pregunta sobre una escogencia, tu respondes: lo que tu quieras, mi amor”

Y acto seguido escribió en un papel las características de su relación con cada uno de los muchachos. Cuándo se vieron por primera vez, qué películas habían visto juntos, cuáles eran sus sitios y su comida favoritos, qué tanto Viviana sabía de cada una de sus familias, qué tipo de música oían, qué hobbies tenían, etc.

Después de fabricar la gruesa chuleta con todos los datos de cada novio, Viviana pasó a la evaluación de la voz de su amiga.

“Tienes que impostar mas y hablar mas grave y sensualmente, imagínate que estás imitando a la locutora del Canal cinco”.

En aquel entonces había en Caracas tres canales que todos veíamos, el dos, el cuatro y el ocho, y un canal que no tenía ningún tipo de sintonía, que pertenecía al estado, el canal cinco. De alguna manera el canal cinco se las había arreglado para contratar a una locutora de radio, una rubia muy bonita, que tenía una voz sensual y grave y hablaba de una manera tal que los acentos sonoros no caían en las sílabas apropiadas. A mi ese contra-acento me sacaba de quicio pero, al parecer, fascinaba a los tele-espectadores ya que en poco tiempo el canal cinco se convirtió en un canal visto y la famosa frase

“Que sólo su canal cinco, le puede ofrecer” pasó a ser un slogan conocido.

Ante tantos preparativos, el interés por la travesura le había ya ganado la partida a cualquier tipo de escrúpulos que Matilde hubiese podido tener. Así que, grabador en la mano, Viviana y Matilde ensayaron el tono justo de voz que correspondía a la Vivianización de la manera de hablar de la locutora del Canal Cinco.

Alejandro fue el primero en llamar. Viviana respondió y, tras indicarle que iba a cambiar de teléfono hizo una seña para que su amiga continuara hablando desde el auxiliar de la cocina. Matilde buscó su chuleta y, temblando, se dispuso a responder. La cosa no fue tan difícil, fue pasando de una banalidad a otra y al final quedó sorprendida de poder llevar la conversación durante veinte minutos. Viviana oía la conversación por el otro teléfono, que tenía una larga extensión, típica de la época de teléfonos cableados. Gracías a ello, podía asomarse a la cocina y reirse sordamente de Matilde, mientras le hacía morisquetas y señales con las manos. El mayor logro de Matilde en esos momentos fue no estallarle a carcajadas a Alejandro viendo la pelada de ojos y la levantada de cejas que Viviana le hacía cada vez que Alejandro decía algo crujiente.

De todas maneras, las carcajadas vinieron después, apenas Matilde se despidió sensualmente del cálido novio telefónico.

Y así hicieron varias pruebas con Luis y René hasta que Viviana se sintió lista para dejar a Matilde sola. En esos casos dejaba dicho a los novios que estaría en casa de su amiga. Matilde debía entonces correr al teléfono cada vez que repicaba, no fuera a ser que uno de los novios de Viviana la estuviese buscando. Después de tales conversaciones, y de cualquier salida que Viviana hiciera con los novios, las dos amigas tenían serios “debriefings” para que ambas estuviesen al tanto de la historia. La travesura entonces se iba prolongando y complicando.

Un día, Viviana llegó llorando a casa de su amiga porque Reinaldo le había dicho que ya no la quería. Era la primera vez que Matilde la veía llorando por nadie. Entonces trató de consolarla diciéndole ingenuamente que le quedaban Luis, Alejandro y René. Pero sorpresivamente, al terminar con Reinaldo, el interés por los otros tres novios se terminó también. Matilde me confesó que díó entonces un suspiro de alivio porque, en el fondo, ya comenzaba a cansarse del juego.

Viviana se fue a vivir a Estados Unidos y mandó fotos y cartas, pero pudo mas la lejanía, y nunca más las dos amigas tuvieron ningún contacto.

Durante años, Matilde se olvidó completamente del asunto. Hace unas semanas, sin embargo, en una conversación casual, alguien le mencionó que le gustaba mucho el nombre “Viviana”. Se acordó entonces de su antigua amiga y rescató también a Luis, a Alejandro y a René de su memoria.

Matilde se acordó también de mi y decidió escribirme un largo mail recordando tiempos pasados. Al final del mensaje me preguntaba si yo pensaba que con un cuento como los míos, publicado en Internet, no podría acaso rescatar a los tres novios intrascendentes del anonimato.

Para pedirles excusas.

7 comments:

Cristina said...

¿Cómo se ponen aplausos por este medio?

Yo sospecho que René, Alejandro y Luis cincidieron unas cuantas veces en el Troly comiendo arepas y alardeando sobre sus aventuras con Viviana. Y quién sabe, tal vez hasta coincidieron en el mismo carro...

bruni said...

Muy bueno tu comentario, Cristina. Ya le dire a Matilde que no le tenga tanta lastima a los muchachos...

Alfredo Octavio said...

¿Y servirán las excusas también para otros que debemos haber sido victimas de situaciones parecidas? No se porque, pero creo que yo estuve empatado con Viviana... más de una vez...

matilde said...

No, no sirven. Te lo tienes merecido por empatarte con Vivianas en ver de buscar Matildes...

DINOBAT said...

La vida y sus jugadas saltarinas del amor, yo no se si existe pero como jode.....

Jose Roman Duque said...

Y al ciempes no iban>???

Bruni, como siempre tus cuentos son una joya!!!!

abrazos

Jose Roman Duque said...

Y al ciempes no iban>???

Bruni, como siempre tus cuentos son una joya!!!!

abrazos