Saturday, December 10, 2005

Era Sábado



Era Sábado, lo cual quería decir que saldríamos a ver terrenos o que mi hermano y yo tendríamos todo el día frente al televisor para ver todos nuestros programas favoritos. Cuando digo todo el día, quiero decir todo el día. Desde que nos despertábamos con nuestros pijamas de lanilla, hasta después del baño de la tarde que indicaba el inicio del período que culminaba en la aborrecida hora de irnos a dormir.

Ése es el mismo hermano que le prohibe hoy en día a su hijo pequeño que vea mas de media hora diaria de cualquier tipo televisión.

“¡Eso es embrutecedor!” me dice, y con su simpatía característica, apaga de un sopetón el televisor. Mi sobrino de dos años se dirige lloroso a mi, a ver si la tía logra rescatar el control que el papá acaba de secuestrar, para seguir viendo una historia educativa de Pandas en peligro. Sin éxito.

Ése es el mismo hermano que no permite, con razón, que el pequeño viaje de otra manera que totalmente inmobilizado en una rígida silla con cuatro seguros y tres correas, que además chequea meticulosamente cada vez. Pero antes, en nuestros Sábados de salida, se peleaba fieramente conmigo por tener el puesto del vidrio de atrás del carro desde el cual podíamos saludar y hacerle morisquetas a los choferes de los carros que seguían al nuestro. Negociábamos luego complicados tratos para cambiarnos en pleno trayecto, hasta que yo estuve demasiado grande para caber entre el asiento y el vidrio del Valiant y tuve que resignarme a viajar entre las piernas de mi mamá escondida en la parte de abajo del puesto de adelante.

Era Sábado, pero no íbamos a salir. Entonces comenzábamos temprano el maratón de televisión con un programa fastidioso de una niña que tenía un caballo y otro de un camionero que recorría con su gandola todos los Estados Unidos. Después pasábamos a ver una serie de comiquitas todas muy divertidas, que mostraban como las termitas se comían las casas, cómo los osos se burlaban de los guardabosques y cómo los pájaros carpinteros le hacían la vida imposible a los vecinos.

Para mi, todo eso era una fantasía maravillosa totalmente alejada de mi cotidianidad.

En mi vida de muchachita tropical de entonces, las termitas se comían, no la casa completa, sino las maderas de la casa de mi abuela. Pero éso yo aún no lo sabía. Fue muchos años después que me di cuenta que aquel aserrín oscuro, que mi abuela llamaba "comején", al cual le inyectaba Kerosen metido en una bomba con largo mango cuyo mecanismo me fascinaba, tenía que ver con voraces termitas como las de las comiquitas.

Nunca había visto osos de verdad. Los osos de mi vida eran sólo muñecos de peluche. En nuestras visitas frecuentes al Parque del Este y a El Pinar, había visto boas, tigres y leones, pero nunca un oso. Si sabía quiénes eran los guardabosques. Conocía incluso de vista a algunos guardabosques del Ávila, que ya había cruzado en las visitas a Galipán. Pero nuestros guardabosques criollos parecían estar mas preocupados por las culebras y perros salvajes que por los osos.

Me encantaba Loquillo, el pájaro carpintero, que era para mi un animal exótico, que nada tenían que ver con las escandalosas guacharacas que lo despertaban a uno en Caracas con su concierto ensordecedor. Tampoco se parecía a las decenas de turpiales y canarios que mi abuela guardaba en unas enormes jaulas en el patio de su casa y que tapaba todas las noches con unos pesados forros opacos, hechos por ella a la medida. Para que duerman, me decía.

Era Sábado, y después de las comiquitas nos peleábamos a ver si sintonizábamos el Avispón Verde o Mi Muñequita Viviente antes de pasar a la magnífica seguidilla de Perdidos en el Espacio, Batman, Mi Bella Genio, Hechizada y El Zorro. A mi El Zorro me encantaba por el gracioso Sargento García, y por el buenmozo y simpático Diego de la Vega que resultaba ser también el papá de la familia de astronautas de Perdidos en El Espacio. Se llamaba Guy Williams, le decía yo a mi testarudo hermano que aún no sabía leer las letricas al final de los programas, y que me porfiaba que El Zorro no era astronauta y que, por lo tanto, no podían ser la misma persona. A veces tales porfiadas terminaban en unas peleas espantosas en las que el me clavaba las uñas y yo le halaba el pelo. Quedando los dos después castigados por buena parte de la tarde.

Era Sábado, y eso quería decir que tendríamos una merienda de pancitos dulces de a centavo con unas Frescolitas o Uvitas Grapette que traían unos señores en unas gaveras grandes con veinticuatro botellas, al mismo tiempo que traían un pesado botellón de agua "Apesa" que costaba un fuerte y que para mi no tenía ningún interés.

Era Sábado, y al día siguiente nos salía ir al Cine Lido o al Cine Altamira a ver La Guerra de las Aceitunas o películas de Marisol.

Era Sábado, lo cual quería decir que era el día de Disneylandia. El día en que el Señor Disney saldría desde su oficina a explicarnos desde dónde nos presentarían el programa de la semana. La pequeña libélula de Disney mostraba entonces los cuadros de la tierra de la Fantasía, la tierra de las Aventuras y la tierra del Futuro y al final escogía uno de los cuadros que determinaba el tipo de programa que veríamos. Yo siempre me quedaba anhelante esperando que ese Sábado el Señor Disney decidiera mandarnos una historia desde la tierra de la fantasía, que era la única que valía la pena. A mi hermano le gustaba también la tierra de las aventuras, porque pasaban películas de indios y vaqueros que me a mi me aburrían soberanamente. Pero yo sólo quería la tierra de la fantasía, y si era posible, prefería ver a la Cenicienta o la Bella Durmiente, no a los aburridos trabajos de Goofy ni al fastidioso Mickey vestido de aprendiz de brujo.


Pero este era un Sábado especial. Mi papá estaba allí con Arnaldo, el vecino de casa de mi abuela que lo ayudaba a veces en toda suerte de trabajos. Estaban pintando, mientras mi hermano y yo nos concentrábamos en nuestros programas. Al parecer, mi papá quería vender el apartamento para mudarnos a una casa y por eso era que había que pintarlo. Arnaldo tenía un radiecito prendido al lado de la escalera que daba noticias de vez en cuando y en el que oímos que había habido un terremoto en Colombia.

Yo le pregunté entonces a mi papá, que qué era un terremoto, y el me respondió que se trataba de un fenómeno en el que toda la tierra y las cosas temblaban.


Era Sábado, pero nunca supimos cuál sería la escogencia de Disney para esa tarde.

Repentinamente sentí un crujido profundo que me hizo asomarme al balcón. Todo el edificio se movía como gelatina. La lámpara de la sala se movía también de un lado a otro y, de repente, oí a mi papá ordenarme gritando que bajara con mi hermano por las escaleras cuanto antes, que había un terremoto. No pude menos que sorprenderme en lo rápido que aprendí el significado de la desconocida palabra. Corrí y corrí, sin saber muy bien porqué y bajé los cuatro pisos tan rápidamente que perdí una de mis pantuflas. Mi hermano me seguía descalzo. Mucha gente, conocida y desconocida, corría con nosotros por las escaleras. Llegamos abajo e, instintivamente, sin que nadie nos dijera, nos alejamos de la estructura del edificio y nos fuimos a sentar en la grama a esperar que mi papá y Arnaldo bajaran con nuestra hermanita de meses, que había estado durmiendo en su cuna. Yo pensaba en la pena que tenía porque había salido en pijamas y me preguntaba qué diría mi mamá cuando supiera que perdí una pantufla.

Mi mamá no se acordó de la pantufla. Apareció un poco después y explicó que se había quedado encerrada en la peluquería debajo del casco del secador, mientras la peluquera y las demás clientas salían corriendo despavoridas.

Mi papá y mi mamá tenían una cena esa noche.

En Los Palos Grandes.

Era Sábado.

Apostilla

7 comments:

topocho said...

Lo mejor de viajar montado en el vidrio de atrás era salir disparado cuando el carro frenba bruscamente. Ese sábado cumplía años mi primo y un palangana de gelatina se derramo en la entrada del apartamento mientras los invitado huían de la fiesta...

Elízabeth said...

Sra. Cuentista, gocé un montón con el recorrido por los programas de la TV!! aparentemente todos veíamos lo mismo. El camionero de la serie era Mike Balon. Y la serie del Caballo, no era Furia? Te confieso que todavía pasan El Zorro a diario -a las 6 de la tarde- y mi hijo siente la misma fascinación.
Pero tocando el tema del cuento -el terremoto- en mi casa estábamos en plena cena y recuerdo que todito se quedo en la mesa.--liz

DINOBAT said...

No viví el terremoto, la falla pasa por la calle de mi casa, bueno la de mis padres, buena historia, saludos,


JD

NBV said...

Una conmovedora viñeta de la infancia, no importa lo del terremoto. No sé cómo todos hemos sobrevivido hasta ahora, si nuestros padres no eran tan paranoicos como son los padres de ahora.

cristina said...

Qué tiempos aquellos... Nosotros éramos cuatro: las dos grandes, mis hermanas, y los dos pequeños, mi hermano y yo. Quico apareció años más tarde.
Mi hermano y yo negociábamos. Yo le prometía que si él se prestaba a ser el papá de mis muñecas, luego yo jugaría a batallas para recompensar su sacrificio.
Pero aquel fatídico sábado estábamos lejos de la capital. Yo apenas tenía un año así que logré comprender lo que había ocurrido algunos años más tarde después de un millón de preguntas.

Diana said...

Bellísimo relato !!No conocía a Arnaldo, más sí al Sr. Feijó, que seguramente merecerá algunas líneas.Que memoria tan formidable tienes Bruni !Y pensar que cuando el terremoto, estábamos en Londres, te acuerdas ? Me encantan tus cuentos y me fascinaría le dedicaras uno a nuestra querida Faridita. Te quiero mucho, Diana.

bruni said...

Diana, gracias por leerme. Escribí un cuento en Atarraya sobre mi abuela hace mucho tiempo que quizás ponga al día. También está el cuento de las hallacas que está publicado
aquí:
http://cuentosintrascendentes.blogspot.com/2005/04/las-hallacas-de-faride-151291.html

Cariños,
B.