Monday, March 06, 2006

Amores sin escribir



Roma nun fa la stupida stasera
damme ‘na mano a faje dì de si.
Sceji tutte le stelle
più brillarelle che poi
e un friccico de luna
tutta pe’ noi.
Faje sentì ch’è quasi primavera….
manna li mejo grilli pe’ fa cri cri…
Prestame er ponentino
più malandrino che ciai,
Roma, reggeme er moccolo stasera.


Estoy sentada en el café viendo pasar a hombres impecablemente vestidos de trajes de lino y corbatas de seda, todos con los colores amarillos y verdes que dicta la discreta moda sugerida de la temporada. Esa que, en esta parte del mundo, todos siguen sin que nadie les diga porqué. Me hacen gracia, con sus zapatos color caramelo perfectamente lustrados y sus maletines de mano de tal elegancia, que desde el ángulo escondido y sombreado de mi mesa, puedo darme cuenta de los hermosos detalles de finición. Parecen un ejército de modelos, viejos, jóvenes, más viejos. Todos salidos de una oscura revista de moda que sólo ellos, y los que viven en esta magnífica ciudad, conocen.

En frente a mi veo a un joven buenmozo, de pelo cortado con el también corte de moda, de lentes oscuros, camisa de cuadros diagonales muy apretada y sweter de lana casualmente anudado. Se que el anudado no es casual, pero debe parecerlo. Como se que el tostado que lleva es producto de varios fines de semana de playa y de sentarse siempre al sol, como en estos momentos en los que habla agitadamente con un teléfono celular tan minúsculo que si no lo hubiese oido repicar unos minutos antes, pensaría que está hablando con su oreja. Al otro lado, una pareja de turistas alemanes descansa gratamente con la expresión típica de los que no pueden creer estar por fin sentados en un mágico café de una de las más impresionantes ciudades del mundo.

Es un magnífico día de primavera. El mesonero se acerca a mi mesa y me pregunta qué quiero ordenar. Le pido un bitter.

Matilde atraviesa la plaza. La reconozco inmediatamente a pesar de los veinticinco años y los diez kilos de más desde nuestro último encuentro. Tiene siempre el pelo rojo, crespo, amarrado en un moño bajo y flojo que quiere deshacerse en cualquier momento en un carnaval de rizos. Lleva un elegante vestido verde de primavera que le queda fenomenal. Me doy cuenta que los años no la han deteriorado para nada, todo lo contrario. Me alegro. Últimamente me afecta mucho cada vez que noto que mis amigos y compañeros están envejeciendo. Se debe probablemente a que quiero creer que mi espejo me ha dejado suspendida en una edad indefinida, que es la que siempre he tenido. Entonces mis viejos amigos y compañeros se van poco a poco convirtiendo en mi propio retrato de Dorian Gray.

Afortunadamente, la Matilde que tengo en frente no puede catalogarse como un retrato maldito. Es una mujer atractiva, también de edad indefinida, de hermosa sonrisa y mirada pícara. Es de esas mujeres que, aún siéndolo, nunca supieron que eran bonitas, lo cual les da una naturalidad y un atractivo particular. Me saluda desde lejos y al acercarse casi me grita:

“¡ Bruni! ¡Qué alegría verte! “

Nos abrazamos y nos besamos cada mejilla. Yo también siento una alegría especial. De esas que se sienten sólo cuando uno está por fin al lado de seres queridos y gratos, después de mucho tiempo de espera.

La conversación se convierte rápidamente en una maravillosa máquina del tiempo en la que estamos sumidas las dos, indiferentes al mundo que nos rodea.

Tenemos once años y nos sentimos ambas abrumadas por la inmensidad y la diversidad del nuevo colegio. Tenemos trece años y ayudamos a Viviana en sus tareas de matemáticas. Tenemos catorce años y nos ponemos nuestro primer traje largo. Tenemos quince años y nos vamos de viaje solas por primera vez. Tenemos diez y ocho años y nos presentamos mutuamente el amor de nuestras vidas. Tenemos veinte años y la lejanía nos apaga la historia y es lo que nos da ahora la oportunidad de ponernos al tanto.

“Leí tu cuento”, me dice

“¿Cuál? “

“El de los novios intrascendentes.."

“Ah..¿Te gustó?”

“Me encantó, sobretodo la descripción de Viviana”

“Todo un personaje, ¿no? "

“Si, ella siempre fue un personaje”

“Qué raro que la perdimos totalmente de vista”

“No totalmente, se que está en Londres”

“¿Londres? ¡Fíjate! La última vez que supe de ella estaba en Nueva York”

“No, ahora está en Londres, trabaja en la Embajada”

“La verdad es que no me la imagino trabajando en una Embajada, y menos ahora….¿Cómo está élla? “

“No sé, no la he visto. Supe de élla, es todo…y tu, Bruni, ¿Por casualidad te escribió alguno de los tres novios, después de publicar el cuento?”

“No, nadie..algunos se sintieron identificados con el mismo, pero no eran éllos..”

“¡Qué lástima! La verdad es que no sólo fue Viviana, también nosotras eramos malas.. pobres muchachos”

“Bueno, hay quién dice que los hombres se lo merecen..en todo caso eras mala tú…a pesar de lo nerd..yo no, yo siempre fui buenecita”


Matilde suelta una carcajada rápida y agrega

“Ay Bruni, increíble ¿no? ¡Con lo tímida que yo era! Y si tu supieras..esa no fue la maldad más grande que le hice a un pobre muchacho..tengo un cuento peor..yo misma no me lo creo”

“Ah pués, ahora te la vas a echar de rompecorazones..”

“Bueno no tanto, pero casi casi..aunque quizás me deberías llamar fundecorazones”

“A ver, échame el cuento”

Se llamaba Federico y Matilde lo había conocido el verano de sus quince años, cuando sus papás le pagaron un viaje de visita a la familia en Italia. Federico era mecánico, pero estudiaba por las noches para ser técnico en electrónica, en la escuela donde la zia Angela, la tía de Matilde, trabajaba como profesora.

Al año siguiente, en la Navidad de sus dieciséis años, Federico trataría de recordarle a Matilde cómo era que se habían visto, se habían hablado, se habían gustado por primera vez. Pero Matilde sólo recordaba de esos días de verano el fastidio de tener que esperar por su tía en una sala de examen caliente y húmeda, abarrotada de temerosos estudiantes.

Los recuerdos de los dieciséis años eran distintos. El primer amor en cualquier parte del mundo es inolvidable, pero en una ciudad como Roma es una experiencia única.

Con la excusa de que la sobrina necesitaba un guía para conocer la ciudad, la zia Angela, quién, según Matilde, sigue siendo una casamentera empedernida, recordó que su antiguo estudiante le había preguntado el año anterior por Matilde. Angela, quién el año anterior había tenido la previsión de conservar el número de teléfono, decidió llamarlo. La sobrina tuvo entonces a alguien que le mostrara el Coliseo, que la llevara a caminar por la Via della Navicella o el Paseo arqueológico y que se riera con ella, cuando ella se hacía la que titubeaba antes de meter la mano en la Bocca della Verità.

Muy pronto le mostró también el asombroso shock eléctrico que se siente con el primer abrazo y con el primer beso. Le enseñó igualmente que la mejor parte de las antiguas villas romanas que descubrían eran las terrazas escondidas, donde los bustos de severas matronas e insignes senadores romanos vigilan seriamente el comportamiento de las parejas de enamorados, eternos ocupantes de los apartados bancos de mármol desde los tiempos de inicio de la ciudad.

Esa parte de la historia ya yo me la sabía. En aquel entonces, en el colegio, los novios eran un trofeo importante que las muchachas obtenían para mostrárselo a las otras, idealmente a la salida de clases, y ,mejor aún, si venían en carros deportivos. Recuerdo que me había impresionado mucho que, al regresar de las vacaciones de Navidad, Matilde, mi amiga intelectual y única compañera desnoviada, hubiese dejado de serlo. Llegó con una foto instantánea que le habían sacado a ambos donde élla aparecía enlazada por la cintura con un guapo muchacho de lentes. También nos mostró un pendiente de oro en forma de corazones entralazados, que, según nos contó, el le había comprado con sus pocos ahorros y se lo había presentado el día en que se despidieron llorando en el aeropuerto de Fiumicino jurándose que se volverían a ver al verano siguiente.

Un novio sin carro deportivo no era normalmente de los más interesantes, pero un novio para la nerd de Matilde y para más colmo italiano y con una historia de amor alejado e imposible tenía todos los ingredientes para ser un éxito entre nuestras compañeras. Así que la historia del amor de Matilde fue el hit de la temporada durante las primeras semanas del año. No se habló, no se cuchicheó, no se hicieron chistes mas que de esa historia y de lo flaca que se había puesto Matilde después del regreso. Poco a poco, sin embargo, la historia fue muriendo y, al final de clases, llegada la ansiada fiesta de graduación, ya nadie se acordaba del novio italiano de Matilde.

Al parecer, ella tampoco.

De hecho, no fue sino hasta el día de hoy que he vuelto a saber de boca Matilde la historia de ese novio olvidado.

Al principio, Matilde había hecho muchos planes para regresar ese verano y maquinado todas las combinaciones logísticas posibles para que Federico y ella pudiesen estar juntos para siempre. Había incluso imaginado la posibilidad de continuar sus estudios en Italia y por supuesto, casarse inmediatamente con Federico. Pensaba que sus padres quizás pondrían problemas ya que ambos eran menores de edad, pero Matilde era testaruda y siempre pensaba que bastaba con que élla diera los buenos argumentos para convencer a todo el mundo de que tenía razón.

Federico y ella mantenían el contacto hablándose por teléfono, rápidamente, cada dos semanas, dados los enormes costos de las llamadas internacionales en aquel entonces. Sin embargo, poco a poco, la imagen de Federico se iba haciendo difusa. De hecho, el único recuerdo físico que tenía de cómo era Federico era la instantánea que la zia Angela le había sacado a escondidas, sin que nadie lo supiera. De vez, en cuando, en los recreos, Matilde echaba lágrimas calientes y tristes sobre la imagen de su lejano novio. Fue dejando de comer, y pronto le dio una mononucleosis que la obligó al reposo durante unas semanas. Las compañeras nos reíamos un poco de la historía y decíamos que para completar el idilio, Matilde terminaría muriéndose como la Dama de las Camelias.

También nos preguntábamos porqué no habían sacado más fotos. Matilde no lo supo explicar en aquel entonces, pero hoy, con los años y la experiencia, lo entiende perfectamente. Ella dice que el moto de los italianos es porqué hacerlo simple si puede ser complicado. Es por eso que la zia Angela no podía sacar mas fotos. Es ésa también la razón por la cual la zia no había dejado que Federico subiera a ver a Matilde el día de Navidad. Angela dijo que temía que la nonna se enterara, y, a su debido tiempo, encontró una excusa rebuscada para engatusar a la abuela y permitirle a Matilde bajar por fin a felicitar a su novio. Matilde no entendía porqué la nonna hubiese puesto ningún impedimento, pero estaba claro para la zia que Federico no podía subir. El pobre se había quedado entonces dos horas tiritando de frío en el portón del edificio, viendo caer una nieve totalmente atípica que Roma experimentaba justamente ese año, para completar el cuadro de desolación de los dos enamorados.

Después de la enfermedad, Matilde le escribió una carta larga y tierna a Federico en la que le contaba los pormenores de la misma. Dos semanas mas tarde, Matilde recibía una carta de vuelta. Se apresuró en abrirla. Era la primera vez que veía la caligrafía de Federico. Se trataba de una letra grande, redonda y tosca. Matilde leyó para descifrar una primera vez la caligrafía. Volvió a leer. Releyó. Su mente no podía aceptar lo que sus ojos estaban leyendo.

La carta estaba plagada de errores de ortografía.

Federico no sabía escribir.

Y entonces a Matilde le dio un ataque fulgurante de desamor. Para aquellos que no lo sepan, el desamor es un sentimiento turbulento tan rápido e imprevisible como el amor. Es un sentimiento que hace que aquel que era el dueño de nuestras mentes tan sólo unas horas antes, abandona nuestro espíritu para siempre, sin poder volver a entrar.

A partir de allí las historias difieren, Matilde dice que le escribió una última carta a Federico informándole simplemente que habían terminado porque ella ya no lo quería. Acto seguido se dispuso a romper la única foto que tenía del novio desamado y, semanas más tarde, mandaría a fundir los corazones de oro.

“No puede ser, Matilde, ¿rompiste la foto?”

“Si”, me dice élla riendo.

“Pero y porqué no te quedaste con élla? No tienes ahora curiosidad en saber cómo era Federico?

“Claro que sí, Bruni, pero qué te puedo decir, el desamor es así…”

“¡Y qué malvada eras! ¿Cómo es posible que hayas mandado a fundir los corazones?

“¡Ah! Cosas de muchachita malcriada, no quería ver los corazones en mi caja de joyas y no sabía que hacer con éllos, a mi también me parece increíble..serían los 16 años.”

La prima de Matilde tiene otra versión del evento. Ella le recuerda que la carta fue mucho más dura, que de hecho le dijo a Federico claro y raspado que no lo quería porque no sabía escribir y que ella pensaba por lo tanto que no eran intelectualmente del mismo nivel.

“¡Jajaja, Matilde, por Dios, qué pretenciosa, qué nerd intelectual insoportable! ¡No te puedo creer que le escribiste eso!”

“¿ Qué te puedo decir, Bruni? Parece realmente increíble que yo haya escrito eso, ¿no? La verdad es que yo no me acuerdo, pero mi prima me asegura que le leí la carta antes de enviársela a Federico y que fue eso mismito lo que le escribí”

“Entonces, ella te está seguramente tomando el pelo, te conozco, no creo que nunca se te hubiese ocurrido escribir algo semejante”

“A mi tampoco, pero de nuevo, deben ser cosas de muchachas de 16 años, porque por lo visto si lo escribí …el tiempo le dió la razón a élla”

“¿Ah si? ¿Y porqué?”

“Ya va, ya verás, espera a que oigas el final del cuento”

Matilde tomó dos sorbos del frullato que había pedido, echó la cabeza hacia atrás, esbozó una pícara sonrisa y prosiguió con su historia.

Los años pasaron, Matilde se casó y tuvo hijos y un buen día su tía la llamó para indicarle que Federico la había contactado después de tantos años.

“¿La llamó, y qué dijo?” pregunto yo con avidez.

“Bueno Bruni, Federico le dijo que el había quedado tan afectado por mi carta, que dejó los estudios técnicos, comenzó a leer como un loco, se inscribió en arquitectura, se graduó, hizo un postgrado y llegó a tener un puesto importante en el Comune di Roma”

“No te creo, no puede ser..”

“Pues si. Al parecer tenía una novia con quién se iba a casar, pero quería saber qué había sido de mi vida antes de hacerlo. Según mi tía, quedó muy mal cuando supo que estaba casada y con hijos”

“¡Qué cómico, Matilde! ¿Y porqué hizo eso…y porqué no te contactó antes?”

“Bueno, acuérdate que es italiano”

“¿Lo cuál quiere decir qué?”

Porqué hacerlo simple, si puede ser complicado.

Matilde y yo echamos nuestra buena carcajada al final del cuento. El mesonero y los compañeros de ocio sentados en el café nos dirigieron una mirada aprobadora. Dos elegantes señoras que se toman el tiempo de pasarla bien están muy bien vistas en esta ciudad de refinados sibaritas.

Lamentando el tener que pararnos, pedimos la cuenta y nos dispusimos a caminar hasta el Museo di Piazza Venezia donde presentaban la mostra “Antiche case romane”.

Confieso que soy una gran amante de los museos, que nunca me pierdo un ápice de las explicaciones escritas o audiovisuales de cada muestra a la que voy y que me gusta conservar los programas de las exposiciones memorables. Entramos, y, para mi gran desagrado, no hay programa. La señorita de la entrada se excusa, se trata de una nueva política del curador de la muestra, quien prefiere que los visitantes se lleven un CD grabado de la mísma.

Nos dirigimos hacia la zona de la audioguía para obtener el aparato y el preciado CD. Entramos a la muestra con nuestros audífonos puestos. El narrador nos comienza a explicar las diferencias entre los diferentes estilos de mosaicos y las posiciones de las columnas en los patios romanos.

Matilde se para en seco y le da el rewind al aparato una y otra vez, me imagino que no funciona y la veo de hecho que regresa a la zona de la audioguía haciéndome un gesto de que continúe mi visita.

Yo prosigo, encantada de absorber los detalles eruditos escondidos de cada casa. Al final, el narrador nos da las gracias por haber asistido a la muestra, espera que sepamos ahora apreciar un poco mas las formas y los estilos de las casas antiguas y se despide:

Federico Rossini, curador en jefe del Comune di Roma.


Apostilla

2 comments:

TechMind said...

Fantástico!

Bruni said...

Gracias por visitarme y dejarme un comentario en mis viejos cuentos.

Me da la oportunidad de releerlos, y reirme de las andanzas de Matilde.