Sunday, December 18, 2005

El pabilo de Belén





“No te preocupes, que te pareces a mi hermana”

Belén asintió sin mucho convencimiento y tomó lugar en el puesto del medio del Mercedes. Se puso rápidamente unos lentes oscuros con montura de falso carey y sacó una liga del bolsillo con la que se amarró el espeso pelo negro en un moño bajo. Sacó después una pintura de labios rojo carmín y, viéndose en el espejo retrovisor, se apresuró en aplicársela de la manera más gruesa posible, para que los guardias se fijaran sólo en el rojo de los labios. Luego se echó a un lado, para ensayar la mirada perdida de los que están acostumbrados a ver anodinamente por la ventanilla del puesto de atrás del carro.

Ana María, la secretaria personal del embajador, hizo lo mismo y se sentó después al lado de Belén. El embajador se quedó adelante, al lado del chofer, como lo requería el protocolo estricto que el gobierno le había impuesto a todas las entradas y salidas de las embajadas.

Unos minutos mas tarde, un guardia nacional los paró justo antes de llegar a las espesas rejas negras de la Embajada. El chofer bajó el vidrio y le entregó la identificación de cada uno de los ocupantes. El guardia se asomó y señaló con la barbilla a Belén, a quién no había visto antes, a lo que el Embajador le dijo:

“Es mi hermana”

A Belén le temblaban las piernas pero seguía mirando distraidamente por la ventanilla con una expresión impertérrita sin que un solo músculo se le contrajera. Finalmente, después de lo que le había parecido una eternidad, el guardia hizo un gesto afirmativo con la cabeza y los dos policías que custodiaban la entrada accionaron los portones negros para que el carro pasara.

Belén García estaba a salvo.

Cuando el gobierno se enteró de que Belén se encontraba tras las rejas de la inmunidad diplomática, intentó por todos los medios encontrar razones valederas para negarle el salvoconducto. Belén se resignó entonces a pasarse días que fueron convertidos en meses caminando de la piscina al portón y del portón a la piscina, noventa y cuatro pasos, o del portón principal a la entrada de servicio, ciento veinte pasos cortos, ciento dos pasos largos. Leyó estantes enteros de libros de la biblioteca, jugó naipes solitarios y ella dice que contó cada uno de los peces rojos del estanque. Aprendió a observar pájaros y plantas y a distinguir cualquier nuevo sonido que hiciera irrupción en sus mañanas, y en sus tardes.

Para Belén, cuya personalidad fogosa y dinámica había llevado a convertirse en la figura central de la disidencia, la paciencia de la espera era insoportable. Incluso esa espera dorada en la que estaba sumida.

Meses después, la espera terminó en un avión anónimo que la llevaría muy lejos de sus orígenes y le devolvería la libertad.

La nueva libertad fue blanca y fría.

A pesar de los gruesos abrigos embutidos y las espesas botas de caucho y cuero que le habían dado los funcionarios de inmigración tras aceptarla como refugiada, el frío se le metía entre los huesos, en los pies, le sacaba lágrimas a sus ojos y le iba a buscar el alma. Su primera impresión fue el blanco que no se acaba nunca, el blanco desértico que se extiende más allá de la vista, que se funde con el horizonte. Si en ese momento le hubiesen dicho que pasaría mucho más de veinte años viendo ese blanco profundo, lo habría negado inmediatamente.

En los días que siguieron, el guayabo se apoderó de Belén. Acostumbrada a la vivacidad de su mundo tropical y al stress continuo del que se siente perseguido, Belén encontraba que la sociedad que la había acogido era demasiado calma para su standards, y que era un poco blanda y adormecida. Los grandes dilemas a los que se veía enfrentada cotidianamente en su mundo de antes, parecía que habían sido anestesiados en este nuevo mundo donde no existían más problemas que ese frío rígido que se metía entre los huesos.

En los días cercanos a Navidad la calle paralela a la que vivía se llenó de pasantes apurados que iban de una tienda a la otra tratando de conseguir el regalo especial o tal ingrediente para el plato que requerían. Pero Belén estaba sola, con sus recuerdos sobre las Navidades de hallacas, las gaitas y los patines. Tan sólo una llamada que otra, de vez en cuando, le permitía expresarle a su familia cómo se sentía, a sabiendas de que el teléfono estaría intervenido.

Se encontró preparando la Navidad con unos extraños, todos refugiados como élla. La trabajadora social, una mujer menuda y amable, les explicó que les haría bien preparar comidas típicas de Navidad de sus orígenes respectivos. Belén pensó en sus hallacas, con cierta aprehensión.

Nunca había hecho hallacas. Las hallacas eran cosas de su mamá, su abuela, su madrina y su tía. Élla medio ayudaba a picar el adorno, pero entre las actividades de política estudiantil y el estudio verdadero, poco tiempo le quedaba para aprender a cocinar…

Llamó a su mamá esa noche, para preguntarle la receta de sus hallacas llaneras. Doña Emilia, extrañada, le dijo exactamente cómo tenía que preparar el guiso, mitad res y mitad cochino, y cuál era el punto que había que darle a la sazón. Los gorilas que grababan las conversaciones pensarían que estaban hablando en clave. Se echó a reir imaginándose la grabación que le harían llegar al aborrecido ministro Cesar Villegas.

En Vísperas de Navidad ya había logrado conseguir casi todos los ingredientes, excepto uno: el pabilo. Las quincallas que podían venderlo ya habían cerrado, y sólo quedaban en la Calle St. Laurent una que otra tienda de comida típica. Salchichas, dulces de nueces en la zona polaca, smoked meat y bagels en la cuadra judía, hasta cachitos de jamón y turrones en las tiendas portuguesas y españolas. Pero nada de pabilo. Preguntó por todas partes, y nada.

Caminando hacía el Norte, en la esquina de St. Viateur, encontró una pastelería de judíos hasídicos que parecía particularmente activa. Pensó que se debía a que en los días siguientes, sería la celebración de Chanukkah, o festival de las luces, como lo dejaba entrever las vitrinas de los comercios cercanos adornadas con el menorah, el tradicional candelabro de nueve velas. Desde su llegada a la ciudad le había llamado la atención ese grupo de hombres, mujeres y niños taciturnos de piel muy blanca e indumentaria anticuada y elegante. Entró a la pastelería con una timidez inusual, porque todos los clientes hablaban en Yiddish. Se dirigió a uno de los vendedores, un hombre joven y fuerte de espesos bucles rojos que vestía chaleco, pantalón y kippa de paño negro y una camisa de algodón blanca de mangas ligeramente abombadas. Tenía lentes redondos, a la John Lennon y parecía salido de la película Violinista en el Tejado. Belén le señaló el pabilo que usaban para envolver las cajas de pastelería y con ojos suplicantes le pidió que le vendiera unos metros.

El se la quedó mirando y le hizo un gesto de que esperara. Se fue a la parte de atrás de la tienda y volvió con una rueda antigua de madera y cobre que contenía centenas de metros de pabilo enrollado.

Ella no entendía cómo le vendería el pabilo y, para su gran asombro, al pagarle los seis dólares que el vendedor le indicaba, le entregó la rueda completa.

Ya Belén tenía el pabilo para sus primeras hallacas.

Pasaron varias Navidades, todas con el mismo pabilo, y todas con esa añoranza que no se le quitaba nunca de volver de dónde venía. Pero la situación política no había cambiado. Belén García tenía que seguir siendo refugiada.

Y así, poco a poco, fue transformando su vida. La situación transitoria pasó a ser permanente, y comenzó a construir a partir de lo que su nuevo país le podía ofrecer. Belén era talentosa y en unos años se convirtió en una exitosa periodista política. Su cara interesante y vivaz aparecía cada semana en un programa de análisis y pronto se convertiría en un nombre y en un rostro conocido.

A pesar de que vivía cercana al trabajo, para disminuir los rigores del clima, Belén se compró un carro en cuanto pudo. El problema era que odiaba tener que echar gasolina, en particular en los fríos días de invierno en los que el frío que se le metía en los dedos se combinaba con el desagrado de tener que llenar el tanque. Por tal razón, estaba siempre al acecho de las pocas bombas con servicio que quedaban por allí. En una de éllas, había un encargado llamado Sylvain. Con viento o con nieve siempre se le presentaba con una sonrisa y le lavaba los vidrios y se empeñaba en querer medirle el aceite al motor, a pesar de que el carro estaba nuevo. Un día, tuvo que bajarse, muy a pesar de ella, para volver a realizar una transacción con su carta de crédito. Sylvain, que la conocía de la televisión, le comentó entonces tímidamente que había leido en una revista que élla hablaba Español. El, le dijo, estaba estudiando Español y comenzó a balbucearle las pocas frases que había aprendido.

De una llenada de tanque al otro se fueron conociendo. Sylvain tenía una sensibilidad única para las artes, y las cosas hermosas. Hacía tallas de madera sin que nadie le hubiese enseñado, hacía retratos al lápiz y tocaba violín popular por oido en las fiestas de Cabane à Sucre. Belén se quedaba impresionada que las toscas manos curtidas de mecánico pudieran ser las mismas manos que tallaban y dibujan con tanta dexteridad. Comenzaron a hablar de arte, y de política local y, pronto, Belén se dió cuenta que estaba muy pendiente del nivel de gasolina del tanque de su carro.

Era una época de grandes aumentos de precio. Belén se decía que no valía la pena llenarlo en cada visita, sino sólo cuando estaba a punto de dejar al carro seco, y esperaba de esa manera el momento justo en el que la gasolina bajara. De esa manera terminaba a veces yendo dos veces por semana a su bomba favorita.

Sylvain la esperaba cada vez, feliz de que los altos precios del petróleo le dieran la oportunidad de volver a ver a la fabulosa Belén.

Y fue así como, poco a poco y para gran asombro de amigos y colegas, Sylvain y Belén, el tosco bombero y la férrea ex dirigente política, terminaron juntos. Nadie podía haber esperado que dos seres tan disímiles terminaran teniendo tanto en común. La alianza fue la comidilla de las revistas y periódicos de farándula durante un cierto tiempo.

Tuvieron un hijo y fueron pasando juntos por los altibajos de la vida.

Belén no regresó nunca de su exilio, pero eso sí, hacía todos los años las mismas hallacas, siempre con el mismo pabilo. Era su objeto más preciado, por lo hermoso de la rueda antigua, por cómo lo había adquirido y por el hecho de que no se acababa nunca. Belén decía y a veces hasta se lo creía, que su pabilo tenía propiedades mágicas.

Un día, Belén se enfermó de una enfermedad grave, de esas que se lo llevan a uno en cualquier momento. Pero Belén era fuerte, y como decía su médico, parecía tener buenos genes.

Los años pasaron, y a pesar de los pronósticos negros, Belén seguía ahí. Y cada Navidad, sin falta, seguía haciendo sus hallacas y diciéndole a los presentes que ella tenía la intención de durar tanto como su pabilo.

Una Navidad, Daniel, el pequeño nieto de tres años, bajó corriendo las escaleras a ver qué regalos le había dejado Papá Noel.

Se encontró con un Sylvain concentrado, sentado en la mesa de la cocina, enrollando hábilmente una bola de pabilo en la antigua rueda de madera y cobre. Cuando se sintió descubierto, le sonrió al pequeño y, ante la mirada interrogante de Daniel, le dijo:

“No digas nada, es para la abuela”

“¿Y qué es?”

“Es su regalo,… para la próxima Navidad.”

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Este cuento es un mosaico de verdades, invenciones y recuerdos, si quieres saber porqué, aquí está la Apostilla.

8 comments:

Daniel said...

Este cuento es para preparanos? Tengo que pensar ya en que me voy a llevar cuando me vaya al exilio?

Elízabeth said...

Bruni, gracias por este regalo de navidad.. es un cuento hermoso y triste a la vez; honestamente me conmovió.
Liz

Jose Roman Duque said...

pero bueno bruni,
te lo estoy diciendo, que maravillosos son tus cuentos...me has hecho llorar vale.

averiguaste algo de noveles.com??
funcionara?
abrazos

cristina said...

Bueno Bruni, si te queda pabilo esta Belén te acompañará a hacer hallacas el próximo diciembre...
Salut!

bruni said...

Como dije en la Apostilla, ese pabilo nunca se acaba, así que aquí hay para todos...

Cariños

Javier said...

Hola bruni, no se si te acordaras de mi, espero que si, una vez posteaste un comment en mi blogg.

"El dia que sueño tener".

Ha pasado mucho tiempo de eso, te cuento, ella no me lee, creo que no conoce este mundo de los bloggs, me gusta mucho pero esta un poco dificil, de todas maneras lo seguire intentando.

Deseo que pases una feliz navidad, un beso y un abrazo desde Puerto Ordaz.

P.D. Tienes unos ojos bellos :)

bruni said...

Javier, ya veo que estás practicando! ;-)

Felicidades y gracias por tu visita.

Javier said...

Que el 2006 este lleno de exitos, logros y alegrias, un abrazo y un beso para ti, Feliz año nuevo!!!