Tuesday, November 22, 2005

Cubículo



Asdrúbal Aguilar pidió la cuenta al mesonero del restaurante, y, en un gesto rápido, casi inconsciente, metió la mano en el bolsillo interno del flux de Armani para sacar la tarjeta de crédito. La cuenta sería histórica, pero también lo sería el magnífico negocio que acababa de cerrar con este grupo. Había comido en uno de los restaurantes mas caros del mundo, pero el negocio bien había valido la invitación. Asdrúbal era un hombre pragmático y ambicioso cuyo moto en la vida era que cada quien tiene un precio, el problema, decía, es saber cuál es ese precio y si uno lo puede pagar. Esta vez, su filosofía no le había fallado. La compañía de software que había fundado hacía años con la ayuda de su suegro, se convertía gracias a esta compra en una gran multinacional. Era su primera gran adquisición y sabía que vendrían otras. Prendió el celular para llamar a su socio y, después de colgar se acordó que tenía que darle noticias a Mariana.

Mariana, su esposa, era una mujer que conocía cuál era su papel en la vida. Había sabido transformar su cuidada belleza de niña rica caraqueña en una madurez exquisitamente refinada y elegante. Tenían dos hijos. Alberto, que estaba estudiando finanzas en Ann Arbor y Ana María, quien a penas si había entrado en bachillerato. Mariana lo acompañaba a menudo en estos viajes de negocios, pero esta vez había decidido quedarse en Caracas.


-Te tendré una sorpresa cuando regreses- le dijo, después de felicitarlo por el éxito de la transacción, de la que ella no quería entender demasiado. Asdrúbal cerró el teléfono y sonrió para sus adentros. El ya conocía las sorpresas de Mariana. Un año había sido una nueva naríz, otro año el vientre. Probablemente que esta vez se trataba de levantarse los senos o las nalgas.

De pronto, se sintió solo. Le hubiese gustado que Mariana entendiera la magnitud de la compra. Le hubiese gustado comunicarle el análisis que había tenido que hacer, las delicadas negociaciones con diferentes empresas que estuvieron a punto de caerse al agua, el montaje financiero que había logrado llevar a cabo, el gran suspiro de alivio cuando Jacques Bertrand lo había finalmente llamado al hotel. Mariana no estaba allí y, de todas maneras, no entendería.

Pero rápidamente alejó de su mente ese pensamiento negativo. Asdrúbal era un optimista, que se decía y se pensaba feliz. Era el objeto de envidias de sus compañeros presentes y pasados. Tenía una esposa preciosa, unos hijos encantadores, una carrera fulgurante. Éxito con las mujeres, que se le declaraban fácilmente para ser amantes ocasionales. Se vestía de trajes de Armani y, por definición, no manejaba ningún carro que no fuese alemán. ¿Qué mas se podía pedir de la vida?

Asdrúbal no se lo confesaba fácilmente, pero tenía un único miedo. El miedo supersticioso del que lo tiene todo. Su vida, se decía, era demasiado perfecta, demasiado brillante. Asdrúbal había sido matemático en una vida anterior y sabía que las probabilidades conjuran contra aquellos que tratan de burlarlas. Bueno, había sido muchas cosas en su vida anterior. Estaba justamente pensando en eso, cuando Jacques Bertrand le preguntó si había dado un paseo por la zona roja de la ciudad. Le dijo que no y, como no tenía ningún plan para concluir la noche, Jacques le indicó que no podía irse de la ciudad sin entrar al famoso “Golden Bar”.

Era un bar de bailarinas desnudas. Las meseras que servían vestían una delgada tanga hilo dental como única indumentaria. Al fondo de la sala, una hermosa pelirroja de grandes senos embutidos y nalgas redondas y duras se contorsionaba eróticamente agarrada de un tubo al ritmo de una canción que no reconoció y de los vítores y gritos de la muchedumbre presente, casi toda masculina. Una linda morena se acercó a Jacques y le preguntó si quería una danza privada. Jacques desapareció, dejándolo solo. Luego, una muchacha de pelo castaño claro y enormes ojos piscina, no muy alta y de grandes senos disparejos se le acercó a preguntarle si quería ir al “cubículo” (un pequeño cuarto aislado donde se llevaban a cabo las danzas privadas y de contacto).

Asdrúbal se la quedó mirando. La muchacha no era tan espectacular como las otras que había visto esa noche en el club, pero los inmensos ojos color piscina lo arrastraron al cubículo. Ella lo sentó en una silla y con un aire extremadamente serio, le explicó cuáles serían las reglas del juego. Cada baile costaba veinte dólares, mas propina, y duraba sólo siete minutos. No se aceptaba contacto de su parte y si quería que ella lo tocara, la tarifa era de treinta dólares. Había, además, que pagar por adelantado. Le preguntó si estaba de acuerdo.

A Asdrúbal le pareció muy graciosa la actitud de sabelotodo de la muchacha y la seriedad con la cual concluía el negocio con el. Le gustaban las mujeres así, con personalidad, aunque ésta era mucho mas seria de lo que esperaba. Si no hubiese estado en cueros y con zapatos de alfiler, hubiese podido pasar por una de las jóvenes ambiciosas que entraban a su compañía. Debía ser apenas unos años mayor que su hijo Alberto y se preguntó porqué una muchacha de esa edad debía estar haciendo ese tipo de trabajo. Le dijo que comenzara con una danza normal y cuando vió la desilusión pintada en aquellos grandes ojos, le dijo:

-Está bien, tócame, a ver qué tal.

La muchacha le hizo un gesto al DJ a través de una ventanita imperceptible que se hallaba al fondo del cubículo y comenzó a moverse. Rítmicamente tomó las muñecas de Asdrúbal y las ató cada una a las extremidades de la cabecera de la silla. La cuerda le daba suficiente juego como para no sentirse crucificado, pero era claro que había sido meticulosamente medida para evitar que el cliente tocara a la bailarina.

Con un movimiento sensual y lento la muchacha se quitó el hilo dental y Asdrúbal pudo apreciar que tenía un pubis de vello color miel, muy fino, sabiamente cortado y depilado como era la moda entre las muchachas jóvenes. Los movimientos comenzaron a ser mas eróticos a medida que el ritmo de la música se hacía mas fuerte. De un movimiento acrobático, la muchacha pasó la pierna izquierda calzada con los finos zapatos de alfiler por encima de las suyas y quedó entre parada y sentada, con las piernas abiertas por encima de el. Pensó primero en las habilidades atléticas que había que tener para poder hacer ese trabajo. Después vió a la muchacha moverse sensualmente sin tocarlo, y, se quedó extrañado al constatar que aún no había iniciado su excitación. La muchacha no era su tipo, después de todo. Le gustaban las mujeres mas altas, mas esbeltas y de senos redondos y mas pequeños…

De pronto, la muchacha, que hasta ese momento no lo había tocado en lo absoluto, le puso las dos manos en la frente y luego bajó lentamente las palmas hasta cerrarle suavemente los párpados. Los muslos de el continuaban sintiendo el movimiento de creciente intensidad rítmica de los muslos de élla abriéndose y cerrándose . La excitación fue entonces súbita e inesperada. De la oscuridad de sus párpados Asdrúbal se imaginó vividamente que estaba realmente copulando y, de manera salvaje y abrumadora, quería a toda costa poder tocar esos senos irregulares que olía y que percibía desde la oscuridad en la que estaba sumido. Quería acariciar las ondulantes nalgas, el sexo, la barriga. Pero el halón de muñecas le recordó que estaba atado de manos, indefenso antes la sexualidad explosiva de la joven mujer.

El climax fue intenso y prolongado y se convirtió en una dulce sensación de estar siendo transportado a un mundo irreal. Ella no paró de moverse y sus manos siguieron manteniendo cerrados los párpados de Asdrúbal.



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-Despiértate Asdrúbal, que tienes un ensayo.

Asdrúbal abrió los ojos para encontrarse con los labios carnosos de Marlene Cedeño que le repetían, inesperadamente, que tenía que pararse de una vez por todas para ir a ensayar para el concurso de Piano. No entendía porqué una Marlene de veinte años estaba allí, de dormilona y con el pelo revuelto como si acabara de levantarse. Nunca la había visto así.


-No seas flojo, dormilón, mira que le dijiste al profesor Vázquez que te presentarías a las nueve de la mañana, y de aquí a que llegues a El Placer te vas a echar no menos de media hora, y tu sabes cómo es el de puntual.

-¡Levántate te digo!

Asdrúbal y Marlene se habían conocido en el carrito por puesto que los llevaban desde Coche, en el Oeste de Caracas, a la privilegiada zona donde estaba el mejor conservatorio de la ciudad. Marlene quería entrar al conservatorio como violoncelista, pero nunca había logrado pasar el concurso para obtener un cupo. Pero no se rendía, trabajaba como cajera en un Central Madeirense para poderse pagar las clases particulares que recibía en la escuelita privada que colindaba con el Conservatorio. Asdrúbal, a pesar de su alergia al estudio rutinario de escalas e invenciones, venía de una familia de muy buenos músicos y llevaba una asombrosa musicalidad en la sangre que había impresionado al jurado para obtener el codiciado cupo.

Entre ellos siempre había habido una camaradería y una atracción particular, pero Asdrúbal nunca le había dado cuerda porque sabía que su futuro era Mariana.

Por eso era que no entendía esa Marlene en dormilona con la familiaridad de una esposa que seguía sacudiéndolo e indicándole que se parara.

-Esto es un sueño, verdad Marlene?- le dijo.


-Ah pues, que sueño ni que ocho cuartos, lo que pasa es que te quedaste rumbeando hasta tarde con Andrés.

Y agregó:

-Aquí tienes el café, tómatelo y vete a bañar, que yo te llevo.

Asdrúbal seguía sin entender la situación, pero decidió seguir el juego que le imponía el insólito sueño. Al levantarse se vió desnudo ante el espejo de un viejo escaparate que nunca había visto antes. Se veía joven, fuerte y sin barriga y entre sus muslos no quedaban rastros del erótico encuentro que había tenido con la muchacha de los ojos piscina. Entró a un baño de viejas baldosas rosadas que tenía una pequeña ventana a través de la cual pudo observar una increíble vista hacia el Avila y el Este de Caracas. Dedujo que el apartamento estaba en el Oeste de la ciudad.

Después de bañarse se vistió y desayunó rápidamente. Marlene lo estaba ya esperando debajo del edificio en un viejo Volkswagen escarabajo de color anaranjado. Le echó un vistazo al edificio, el cual era un gran bloque de al menos veinte pisos.

Marlene manejaba el escarabajo con gran habilidad y por el camino le iba comentando pormenores que para Asdrúbal no tenian demasiado sentido.

-Me dijeron que Chichita también va a competir en el concurso…habría que saber cuál es el romántico que va a escoger…si élla escoge Schumman, tu debes escoger a Brahms…porque ella es muy fuerte en Schumman.

Marlene siguió esquivando carros y divagando sobre el concurso de Piano hasta que llegaron a la casa del profesor Vázquez.

Era un enorme bungalow que se extendía en un gran terreno con una asombrosa vista sobre el Avila y todo el valle de Caracas. En medio del inmenso salón, abarrotado de obras de arte, se encontraba un piano Steinway negro de gran cola coronado de un magnífico mantón de Manila del siglo XIX. El piano había pertenecido a su esposa, la profesora de conservatorio de Asdrúbal, quien había fallecido un año antes. El profesor Vázquez bajó a darles la bienvenida y a pedirles que se apresurara en iniciar su práctica.


Marlene había traido un conjunto de libros y de CDs para escoger cuáles serían las piezas que practicaría para el concurso. También había traido una lista de las obras que debían prepararse. Se trataba de un concurso en tres etapas eliminatorias. En la primera debía presentar un estudio de Chopin, un Preludio y Fuga de Bach y escoger entre una serie de Sonatas de Beethoven. La segunda etapa se dejaba a la escogencia del concursante, simplemente se imponía un repertorio de 40 minutos y una obra entre una lista dada por el jurado. La etapa final era un gran concierto para Piano y orquestra. El concursante tenía que escoger dos conciertos entre una lista que incluía a Bach, Bartok, Rachmarinov, Ravel, Schumman y Brahms y el jurado escogería uno de los dos.

Asdrúbal se quedó asombrado de que Marlene pensara que el aún podía preparar todo ese programa. ¡Si hacía mas de veinte años que no tocaba!

Pero, para su gran sorpresa, los dedos corrieron sobre el teclado como si jamás hubiese dejado de practicar. Primero escalas y arpegios, luego ejercicios de Bach y después pudo atacar sin problemas las primeras notas de su Sonata favorita de Beethoven y del segundo Concierto de Rahmarinov.

Marlene caminaba de un lado al otro del hermoso salón, dándose palmaditas rítmicas. Tarareaba la pieza y lo corregía:

-Acelera, acelera…no, allí hay un silencio…aquí es un pianisimo….utiliza la sordina en este pedazo.

A mediodía, el profesor Vázquez los interrumpió para invitarlos a que pasaran al comedor para almorzar. Se sentaron en una gran mesa ovalada, perfectamente puesta con cubiertos de plata y vajilla alemana. La cocinera vino a servirles la sopa , mientras la conversación giraba entorno a los magníficos cuadros del comedor.

Después del almuerzo, Asdúbal siguió el estudio y así pasó la tarde entre arpegios, escalas, invenciones y el concierto de Rachmarinov hasta que el profesor Vázquez lo vino a interrumpir porque era la hora del thé. La conversación giró sobre la situación política en el país y sobre la política detrás del concurso de piano.

Entrada la noche, regresaron exhaustos al apartamento. Se prepararon una cena ligera y saltaron a la cama. Hicieron el amor como si lo hubiesen hecho toda la vida, con una naturalidad que no dejaba de sorprenderlo. Luego, Asdrúbal se quedó dormido de un sueño dulce y profundo.

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Despertó cuando la muchacha de los ojos color piscina lo sacudió para indicarle que la danza había terminado, y que pronto iban a cerrar el bar.

Asdrúbal se paró sorprendido, sacó un billete de diez dólares y se lo entregó como propina.

-¿Cómo te llamas? Le preguntó.

-Katia- le dijo ella rápidamente, porque estaba apurada por terminar su cuarto de trabajo.

-Y, dime, Katia, ¿Porqué trabajas aquí?

Ella respondió:

-Muy simple, por el dinero.-Y agregó -Necesito plata para pagarme los estudios.

Y le hizo un gesto para indicarle que tenía que irse, porque los “guardaespaldas” de las muchachas del bar ya se estaban impacientando. Justo cuando uno de los gorilas en apretado flux marrón venía a acercársele, alcanzó a preguntarle:

-¿Y qué estudias?

-Matemáticas- dijo ella.

Asdrúbal no salió de su asombro. Esperaba cualquier respuesta menos ésa. La muchacha sonrió, consciente de que lo había agarrado desprevenido. Asdrúbal se dio cuenta entonces de lo hermosa que era su boca y de que los ojos color piscina le iluminaban aún mas la cara cuando sonreía.

-Matemáticas? Y qué parte te gusta mas?

-La combinatoria- le alcanzó a decir.

Quería preguntarle cómo era posible que estudiara matemáticas y que le gustara particularmente la combinatoria. Cúal era la casualidad que lo había llevado a este oscuro lugar de Norteamérica para encontrar en un bar a una bailarina desnuda que lo llevara a anhelos escondidos de su pasado y que estudiara lo mísmo que él. Quería hablar con élla y descubrir el porqué. Pero la muchacha ya se había puesto un pesado abrigo de lana y había salido rápidamente del bar.

Asdrúbal salió también. La calle estaba desierta. Alguien había recogido a la muchacha o bien élla podía caminar con velocidad inaudita. Asdrúbal aceleró el paso porque hacía frío y quería llegar al hotel cuanto antes. Tenía que tomar el vuelo de regreso a Caracas a media mañana, pero tenía ganas de quedarse, para volver a ver a Katia.

Nunca tomó el avión.

Al día siguiente, muy temprano, recibió una llamada de la compañía aérea. La Guardia, Kennedy, Chicago y Toronto estaban todos bloqueados. El Dr. Aguilar tenía la opción de pasar por Washington antes de que les llegara la tormenta o hacer una escala en Minneapolis, pero no podría llegar a Caracas ese día.

Y fue así como la decisión de volver a ver a Katia se le hizo fácil.

¡Qué fácil era todo lo que se podía hacer con dinero! Se dijo. Quedarse un día mas, hacer llamadas..Hasta esa muchacha misteriosa que lo transportaba a un pasado inédito podía ser obtenida por sólo treinta dólares. Pensó en lo complejas que eran en cambio las relaciones interpersonales no condicionadas a la plata. Se imaginaba lo complicado que sería disponer de Katia en otras condiciones. Tendría que saber dónde vive, invitarla a comer, a bailar, quitarse el anillo de casado, hablarle y hablarle, convencerla, quizás invitarla de nuevo…


Esa noche, Katia parecía haberlo estado esperando. Los grandes ojos color piscina se iluminaron al verlo. Sin decirle nada, lo tomó de la mano y lo llevó al cubículo. Lo sentó, lo amarró y le hizo el consabido gesto al DJ para que empezara la música. ¿Era idea de él o Katia bailaba mas sensualmente que la noche anterior? En cualquier caso, esta vez, la excitación fue súbita, la imagen de Katia y de Marlene se fueron entrelazando en su mente. Esta vez no sólo sentía que la copulación era real, sino que era con Marlene.

En eso, Katia, tal como lo había hecho la primera noche, le cerró los párpados. Asdrúbal se preparó entonces para viajar al mundo irreal de su pasado sin transcurrir. Se dijo que pronto, muy pronto, cuando su creciente excitación se transformara en éxtasis, tendría la respuesta a las preguntas que se había hecho desde su último encuentro con Katia. Sabría qué pasó con el concurso y qué pasó con Marlene.
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La sala estaba repleta. No cabía ni un alma. En medio de la tarima, la figura del Rector de la Universidad, antiguo compañero de estudios y enemigo declarado de tantos años, elegante, sonriente, triunfal, comenzaba un insólito discurso del cual Asdrúbal era el objeto.

-Señoras, Señores, este es un momento histórico para todos nosotros, uno de los grandes misterios matemáticos de todos los tiempos ha sido resuelto. Es un honor para mi presentarles a alguien que no necesita presentación, a alguien que con su tenacidad y esfuerzo ha llegado a un resultado que podrá cambiar la manera de cómo el mundo funciona… Es un placer para mi, presentarles al profesor Asdrúbal Aguilar.

La enorme sala de conferencias irrumpió entonces en estrenduosos aplausos cuando un Asdrúbal ligeramente desaliñado y envejecido se presentó delante de la audiencia. Sus estudiantes estaban en primera fila, justo con las otras autoridades universitarias, todos sus amigos, sus enemigos, sus dos hijos y las dos mujeres que habían sido sus esposas: Mariana, preciosa como siempre luciendo diez años mas joven de la edad que ella confesaba y Marlene. Las cámaras de televisón ocupaban el fondo del gran salón y decenas de periodistas se abarrotaban a los lados con sus micrófonos en alto.

Muchos años de trabajo, de esfuerzos, de peleas, de seminarios, de tesis, de burlas, de articulos sin publicar y de subvenciones sin obtener se concentraban en ese maravilloso momento de triunfo que Asdrúbal estaba viviendo. Muchos de los que estaban allí sentados en primera fila se burlaron de su manera de ver los problemas y ahora estaban todos en fila esperando oir de primeros lo que el quisiera decirles. La conjetura, esa conjetura que había sido su esposa, su amante, su pasión, sus días y sus noches, su cerebro, durante tantos años, que había acabado con dos matrimonios y lo había alejado a sus hijos. Esa conjetura había sido probada.

Asdrúbal sonrió, asumió el aire sencillo de los grandes hombres de ciencia y comenzó a hablar claramente explicando cómo, después de muchos años de estudios y de reflexión, había llegado a la simple conclusión de que P=NP y no lo contrario, como todos pensaban.


Acto seguido, pasó a explicar, en términos muy simples, para el usufructo de periodistas y de aquellos que no tenían formación en el tema, la significación de la famosa conjetura, a la que le había dedicado los mejores años de su vida.
Las consecuencias de tal descubrimiento eran inmensas. Desde los problemas de criptografía hasta la creación de horarios pasando por la asignación de frecuencias en telecomunicaciones y la genética serían afectados favorablemente. La teoría tenía el potencial de transformar a un mundo de escasos recursos y enormes restricciones, en un mundo de abundancia donde todo era posible, de fácil solución.

El descubrimiento tenía repercusiones en todas las áreas de la ciencia. Ya no se
hablaba sólo del premio del milenio en matemáticas, sino del Nobel de Economía, y, quizás en unos años, ..de Medicina….

Asdrúbal terminó su discurso y se dispuso a recibir una placa y una gran ovación del Rector y de todos los presentes. Había llegado donde siempre había ambicionado llegar. Había llegado a la gloria y a la realización del gran sueño de su vida.
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Katia lo sacudió para despertarlo, ya era hora de irse. El le pidió que se fueran a tomar un trago o un café juntos, para conversar, pero ella fue muy clara, seca incluso:

-Lo lamento, pero no podemos socializar con los clientes- con lo cual dio media vuelta y se perdió en la bruma densa de principios de madrugada.

Cuando Asdrúbal regresó a Caracas se encontró con una Mariana preciosa que acababa de hacerse un pequeño lifting de los ojos y que planeaba cuidadosamente un cocktail para celebrar la nueva adquisición de la compañía.

Durante semanas, los asombrosos encuentros que había tenido con Katia seguían dando vuelta en su cabeza, y se preguntaba cómo podía explicar la experiencia y, sobre todo, cómo podría repetirla.

Casualmente, unas semanas mas tarde, Jacques Bertrand vino a Venezuela para participar a una expedición de exploración botánica en el Parque del Sarisariñama. Jacques era un hábil hombre de negocios, pero en una vida anterior había sido biólogo.

Asdrúbal lo llevó a almorzar a uno de los restaurantes de moda en Caracas en esos momentos. Entre el postre y el café, Jacques le recordó la visita que habían hecho al Golden Bar.

-Sabes qué, ¿te acuerdas de aquella muchacha que tu encontraste la noche que fuimos al Golden Bar?”

-Si, se llamaba Katia- respondió Asdrúbal, un poco sorprendido- claro que la recuerdo.

-Te mandó saludos- le dijo Jacques y agregó

-Me tocó tener una dansa de cubículo con ella hace unos días, asombroso, fue toda una experiencia.

-Ya sé, …lo mismo me pasó a mi.

-Pero lo mas sorprendente de todo, fue después. Le pregunté porqué una muchacha como ella hacía ese tipo de trabajo y me dijo que trabajaba para pagarse los estudios y cuando le pregunté qué estudiaba, sabes lo qué me dijo?

-¿Matemáticas?

-¡No! Biología con especialidad en botánica, ¿Qué casualidad, no?

Asdrúbal se quedó pensando y luego respondió:

-Tienes razón, Jacques, ¡Qué casualidad!



Apostilla

2 comments:

Elízabeth said...

Caramba Bruni, esta vez me sorprendiste!! no me esperaba el final (a veces los sospecho).
Katia tenía varios "poderes" evidentemente...
Liz

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