Thursday, April 12, 2007

Doble Play

Aquí les tengo un Cuento Intrascendente
dedicado especialmente a mis lectores beisboleros,
…y a sus viudas.

Adriana se puso una corta chaqueta verde sobre la menuda falda de algodón de puntos blancos y negros. Se miró en el espejo de la entrada. El pelo negro ligeramente ensortijado le caía en la cara y le llegaba por debajo de las orejas. Sabía que si se lo secaba sabiamente como requería la moda de las pelo liso, le llegaría a los hombros, pero el día estaba húmedo, y con esos climas no había que luchar. Antes de salir, se pasó la pintura de labios rojo fuscia y se echó mucho protector solar para preservar el peculiar tono de su piel. Se puso los lentes oscuros de gran montura blanca, tomó las llaves y llamó a los niños desde el umbral de la casa. Marta y Daniel salieron corriendo de los jardines de sus respectivos amigos. Adriana cerró la puerta con llave y accionó el control remoto de su Dodge Caravan para dejar que los niños entraran al asiento de atrás. Se aseguró que tuvieran bien puesto el cinturón de seguridad y cerró la puerta antes de dar media vuelta y colocarse frente al volante de la camioneta.

Hoy le tocaba a Roberto llevar la gavera de cervezas para el equipo de beisbol. Se le habia olvidado por completo y había tenido que llamar a Adriana antes del juego para que pasara por el supermecado a comprar cajas de cervezas y de refrescos. Adriana se paró en el supermercado cercano, y tras comprar el hielo y el número indicado de bebidas, los puso en la enorme gavera que siempre guardaba, por si acaso, en la parte de atrás de la camioneta. Antes de emprender el camino, Adriana verificó la localización del parque que Roberto le había indicado por teléfono. Tomó la autopista hasta la segunda salida y, tras pasar por una calle principal donde abundaban restaurantes rápidos y centros comerciales, cruzó por una zona residencial de jardines primorosos y pistas ciclables que terminaban en un parque polideportivo..

Los niños no tardaron en salir corriendo de la camioneta y dirigirse hacia el campo de beisbol, dejando a Adriana con la tarea de sacar sola sillas y gavera. Estaba a punto de cerrar la puerta dejando la gavera en la maleta, por falta de brazos, cuando una voz ronca y fuerte le dijo desde atrás

- Me envía Tony ¿La ayudo ?

Adriana volteó. Se trataba de un hombre fuerte, relativameente joven y algo barrigón que con una sonrisa le indicaba que podía sacar la gavera.

Adriana asintió y Jason, así se llamaba, la acompañó hasta el dogout donde el equipo de Roberto observaba con atención cómo le iban dando paliza. Jason era el hermano de Tony, el capitán y había estado pendiente de la llegada de Adriana al estacionamiento. Adriana le agradeció. Fue a buscar luego una de las sillas plegables para sentarse en una sombra, al resguardo de los fuertes rayos del Sábado a medio a día. La paliza continuaba . Los innings se sucedían. Por fin un hit ! Y cuando Adriana pensaba que Roberto marcaría el segundo, resultaba que le hacían un doble play, o cuando ya se levantaba emocionada pensando en un jonrón, el in-fielder le agarraba la pelota y se cerraba el inning.

Adriana venía de una familia de futbolistas. Sus cuatro hermanos habían jugado futbol, no beisbol, pero quiso la suerte que le tocara un beisbolero como marido. De pequeña veía los Sábados « el batazo de la suerte » sin entender en lo absoluto cuando Musiú Lacavalerie indicaba que el contrincante había marcado un hit. Al principio, cuando conoció a Roberto, decidió acompañarlo cuando podía a los juegos y prácticas del equipo universitario. En esas oposrtunidades tenía que hacerse explicar por Tibisay, la madrina del equipo, cuándo era que había que aplaudir y cuándo era que había que pitar. Poco a poco, sin embargo, se fue apropiando de ese juego lento, largo, tenaz, reflexionado, que consiste en el que un solo jugador se enfrente, por si mismo, contra todo un equipo. Adriana siempre se quedaba asombrada de las sutilezas que había que entender para poder emocionarse, así como Roberto lo hacía, cada vez que habia un juego de su equipo favorito.

El beisbol formaba parte de su vida. Además de jugar en la liga de adultos, Roberto era el manager del equipo de Daniel, y el asistente del de Marta. En temporada, veía todos los juegos que pasaban por televisión o por Internet y, cuando alguna reunión de negocios lo prevenía, le pedía a Adriana que le grabara el juego. Además, se reunía todas las semanas con sus amigos para intercambiar impresiones sobre las clasificaciones profesionales. Cuando se trataba de la serie mundial o la del Caribe, Roberto simplemente no existía, hasta que el último juego terminaba y volvía a tener esposo.Sus amigas le decían que era una viuda más del beisbol, pero ella no lo veía así. Con sabiduría había adoptado la actividad de su marido con un cierto entusiasmo, como una actividad familiar más, de la que ella era también partecipe.

El golpe seco hizo que se saliera momentáneamente de sus elucubraciones. Por el sonido supo que era un hit, al cual siguió una base por bola de Roberto. Emocionada, Adriana observó cómo su esposo le guiñaba el ojo, echaba el bate a un lado y se iba trotandito a la primera base. Poco después, se apareció Jason con una silla, y se le sentó al lado. Adriana, sin malicia, pensó que quería aprovechar la única sombra disponible en el parque y que le comentaría la carrera que estaba a punto de entrar. Se equivocó.

-Quería preguntarle algo.

-Diga.-respondió ella.

-¿Ud, por casualidad tiene familia Egipcia ?

Adriana se quedó sorprendida. Muy pocas personas podían percatarse del orígen remoto que le venía de su abuela materna. Egipcios descendientes de griegos.

-Si, casualmente si, ¿Cómo lo sabe ?

-Porque mi ex-novia era idéntica a Ud, hasta usaba una pintura de labios del mismo color.

Adriana miró hacia otro lado y se hizo la que estaba muy concentrada en el out que marcaba el final del inning. Jason le siguió la mirada con la suya y preguntó.

-Ud es la esposa de Roberto, ¿No ?

-Si..

-¿Y Roberto qué hace como trabajo?

-…computista.

-¿Es decir que trabaja con computadoras ?

-Pues si.

-Yo en cambio soy plomero.

Adriana no sabía realmente qué responder, así que optó por el silencio. Afortunadamente los niños se le acercaron corriendo para pedirle plata para pagarse unos helados de carrito. Pero mientras ella sacaba la cartera, Jason ya se había levantado de la silla para comprarle dos barquillas a cada uno.

-Me encantan los niños.-le dijo después de volver a tomar su puesto y ante las protestas de Adriana.

Jason prosiguó.

-¿Ud sabe cuánto gana un plomero ?

Est vez Adriana estuvo a punto de estallar en carcajadas. Era la echada de perros más burda y más evidente que le había tocado en la vida. Aún mas peculiar que la del joven marchante indú que le había seriamente propuesto matrimonio años antes, a los cinco minutos de haberla conocido, en la discoteca de un hotel casino en Sta Lucía.

Finalmente, Adriana asintió con la cabeza : sabía lo que ganaba un plomero. Hacía unos días había tenido que llamar a uno de urgencia para que le arreglara la llave del fregadero. Roberto estaba viendo el primer juego de la temporada en la casa de su primo. Era Sábado y entre el pago por llamada, el tiempo de trabajo, la supuesta piecita que faltaba y el tiempo de facturación, había salido todo por unos ciento ochenta dólares, por menos de una hora neta de trabajo.

-Por eso es que yo no quise ir a la Universidad como mi hermano Tony. Mucho estudio, mucho prestigio, pero al final, a mi edad, ya tengo mi propia compañía y soy independiente. Bien me lo decía mi papá. Mejor que ser ingeniero es ser plomero !

Adriana no quería seguir la conversación. Así que se paró con una excusa. Al regresar vió a un lado del campo a Jason jugando pelota con Marta y Daniel.

Había terminado el juego y Roberto corrió a decirle que se iría con el equipo para celebrar que le habían evitado un no hit no run al equipo adverso. Adriana se podía olvidar entonces de la ida a la mueblería para escoger los nuevos sofás de la sala que había estado planeando durante semanas.

Jason se apresuró en llevarle la silla de vuelta a la camioneta, saludó a los niños, le entregó una tarjeta profesional donde estaba indicado el teléfono de Jason Sifonti y le dijo, antes de cerrarle la puerta del chófer :

-Es realmente impresionante cómo se parece a Dahlia.

El juego de la semana siguiente era el Domingo a dos horas de la casa, así que Roberto se había parado temprano y despedido con un breve beso en la frente. Adriana lo vió entre dormida y despierta con su vistoso uniforme de visitante. Al menos ella podría dormir. Un tiempo más tarde, la despertaron los gritos de Daniel indicando que no había agua caliente. Se puso una bata, tocó la puerta del baño y oyó que Daniel se había quedado todo enjabonado cuando el agua caliente había fallado. Adriana le indicó que se secara con una toalla, fue a calentar agua en la hornilla y subió luego la holla para que Daniel mezclara el agua y pudiera sacarse el jabón.

Un avez resuelto el problema inmediato, bajó al sótano y pudo observar un líquido rojizo y espeso de material corroido que delataba que el calentador de agua acababa de llegar al final de su vida. Era domingo y pocos plomeros estaban de llamadas de emergencia. Se acordó entonces de Jason y lo llamó al celular indicado en la tarjeta amarilla que le había dado.

Cuando Roberto regresó de su día de beisbol, todos los problemas habían sido resueltos.

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El sonido del teléfono la saca del ensimismamiento del recuerdo de esos días de beisbol de hace más de dos años.

Desde su lado de la cama, Jason le pasa el auricular y le dice :

- Es Roberto, quiere saber hasta qué hora se puede quedar con los niños este fin de semana.

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