Saturday, July 03, 2010

Amores Correspondidos 2

Capítulo Anterior

Había decidido aceptar el contacto renovado con Didier. Le había enviado un correo electrónico para indicarle que lo iría a buscar al Aeropuerto.

Didier apareció en un magnífico traje de lino verde oliva y la fina camisa de algodón blanca que siempre llevaba arremangada. Había envejecido, pero aún tenía los incisivos ojos verdes que se le iluminaban cuando la veía y el mechón de pelo, ahora canoso, que le caía juguetonamente a un lado de la cara. Le sonrío al verla y se apresuró en darle un beso en cada mejilla, como hacen los franceses.

-¿Cómo has estado? –le preguntó como si nada hubiese pasado y no la viera en un semana, mientras dejaba caer el brazo casual sobre el hombro de ella.

-Bien, muy bien- decía ella liberándose discretamente del abrazo, y tratando de olvidar la carga emocional que había tenido lugar entre ellos hacía diez años.

Al salir del recinto acondicionado del aeropuerto y dirigirse hacia el estacionamiento, el aire caliente y húmedo de Maiquetía se les vino encima, como para despertarlos de un largo letargo: independientemente de quién fuera ni de dónde viniera, el sopor marino le recordaba a todo viajero que había llegado al trópico.

Mientras emprendía la subida por la autopista al son del cambio de velocidades de su escarabajo crema, Didier le iba explicando cómo su vida había cambiado desde la última vez que se vieron, cómo se había separado de Lina y cómo había dejado la investigación para encargarse de un puesto administrativo de gran prestigio. También le pidió excusas y le explicó cómo élla le había hecho falta. Y así, entre una frase y otra, y entre un tunel y otro, la mano de Didier fue subiendo del cambio de velocidades a la falda, explorando luego el contorno interior del muslo sudado y pegajoso de Anaís, antes de que ella, titubeante, pudiera hacer nada para evitarlo.

Una hora más tarde, mientras el botones se encargaba de bajar las maletas del carro y llevarlas al lobby del hotel, Didier la tomó por los hombros y mirándola fijamente afirmó de nuevo.

-Anaís, si quieres, quiero.

Esta vez, contra toda expectativa que ella hubiese tenido de sí misma, Anaís quiso.

Eso no se lo contó a Cándida, pero la vieja nana era adivina y la miró con esos ojos pícaros que lo entienden todo, mientras las cumbias, las gaitas y el calor de media tarde se apoderaban del resto de la historia.


Anaís salió del hotel antes de que Didier se despertara. En ruta hacia su escarabajo, pulsó en su celular el primer número de teléfono que había tenido cuidado de introducir la tarde anterior. Se dirigió a la Cota Mil en dirección hacia el Centro de Caracas. Tomó la salida de San Bernardino, y consultando su memoria llegó a un edificio viejo y grande, escondido en la espesa sombra de enormes Samanes que colindaba con el final de la Avenida Urdaneta, le costó un cierto tiempo conseguir dónde estacionarse, al final, un mendigo le indicó que había puesto en frente en la próxima cuadra.

Alberto Urdaneta vivía en el cuarto piso. No había intercomunicador, pero Anaís logró entrar después de que Alberto se asomara al balcón y le tirara las llaves del portón. No había tampoco ascensor pero las escaleras de un granito gris verdoso eran amplísimas, con hermosos pasamanos redondeados y apenas unos pocos centímetros entre un escalón y otro. El centro de la escalera estaba iluminado por una magnífica luz natural que venía probablemente de una claraboya de lo alto del techo. Anaís fue subiendo poco a poco los bajos escalones maravillándose de la estupenda arquitectura que presentaba ese viejo edificio de una Caracas perdida en los años cincuenta. Al llegar al cuarto piso, Alberto la adivinó antes de que tocara la puerta y la hizo entrar a un gran estudio con techo de tres metros y medio, enormes lienzos esporádicos, muchos instrumentos de música desplegados aquí y allá y un taburete alto, incongruente, donde la invitó a sentarse antes de servirle un café oscuro y azucarado, como a ella le gustaba, que le había comenzado a preparar desde que la vió pasar la calle desde el amplio balcón de la sala.

-No has cambiado.- le dijo Alberto como bienvenida

-Tu tampoco.- Confesó Anaís.

Rieron gozándose la emoción del reencuentro y se contaron la vida. Parecían los dos adolescentes que recién se habían conocido hacía veinte años. Alberto le dijo que nunca había entendido porqué Anaís había querido desaparecer

-Me sentía de más.- respondió ella.

Alberto le indicó entonces a Anaís que explorara sus lienzos.

Había desarrollado un estilo único entre el impresionismo y la caricatura. Muy pronto Anaís se dió cuenta de que se reencontraba a si misma: Anaís joven, Anaís niña, Anaís madre, Anaís vieja. Alberto la dejaba explorar y pensar lo que quisiera para luego asentir suavemente a la pregunta tácita que Anaís le hacía con los ojos. Y entonces Anaís le preguntó porqué el la había dejado ir sin más ni más y sin hacer preguntas.

-No se, quizás estaba encandilado con María.

Cándida seguía con atención la historia. Sonrió y asintió brevemente, como todo aquel que presupone los detalles y luego hizo un gesto con la cabeza para incitar a Anaís a que siguiera echando el cuento.

3 comments:

ningo said...

esta es una de las buenas sorpresas que depara la web. un relato bien escrito, que atrapa, felicitaciones! desde argentina, mando saludos desde mi blog de cuentos http://cuentosdeningo.blogspot.com/
saludos! ningo

bruni said...

Gracias por tu comentario y gracias por pasar por aquí. Cómo llegaste?

ningo said...

buscando blogs de cuentos en la red. siempre es bueno leer a otros, nutre la propia escritura y acompaña la tarea.
ningo.