Monday, July 12, 2010

Amores Correspondidos 3

Capítulo anterior

Rubén le había dado cita al mediodía, dos días después, en el restaurant debajo de su bufete, que quedaba en un lujoso edificio de Altamira. Rubén era exactamente la antítesis de Alberto: había nacido en Altamira, crecido en Altamira y aún seguía viviendo en Altamira. La única vez que parecía haber salido de las diez transversales fue justamente cuando su familia se mudó de país.

Rubén era rubio, alto y de hermosos ojos pardos. Lo reconoció en el acto desde que entró al restaurant entre resonados qué hubos, abrazos masculinos y fuertes estrechadas de manos.

Anaís había llegado temprano como siempre hacía para poder preparse a un encuentro. El restaurant estaba de moda. Era un espacio amplio y frío, decorado en estilo japonés, a pesar de la música que nada tenía que ver con acordes orientales. En ese momento, sonaba en sordina “Mas que nada”, de Sergio Mendes. El mediodía caraqueño pululaba de abogados y hombres y mujeres de negocios, todos en trajes bien cortados desplegando plata, convicción y seguridad. Los meseros, impecablemente vestidos en unos smoking blancos, circulaban de una mesa a la otra para entregar uno que otro trago, discutir del plato del día, o indagar si sus servicios eran requeridos.

Rubén dirigió por fin la mirada hacia el bar, donde Anaís le había dicho que lo esperaría e inmediatamente le brindó una sonrisa de reconocimiento.

Se le acercó, le tendió la mano y cuando ella se la entregó, la atrajo hacia sí y le besó una mejilla, como si fueran viejos amigos.

-Gusto en verte.- le dijo.

Luego se sentó a su lado, pidió dos vasos de whisky al mesero, sin preguntarle si esa era su escogencia, y comenzó a hablar.

Para su sorpresa, Anaís, que hasta ese momento había pensado que la historia de las cartas era como un algorithmo del que no podía salirse y que pensaba que esta vez también sentiría la misma atracción que hacia sus viejos amigos y nuevos amantes, se quedó sorprendida al darse cuenta que Rubén no le procuraba ninguna atracción particular sino que era como una cascarilla vacía que no llegaba a tocar ninguna fibra sensible de su cerebro.

Se sucedieron los platos, los vinos, las charlas. Y, ya entre el postre y el café, negro y dulce como, extrañamanete, el sabía que le gustaba, Rubén le hizo la proposición que dejó a Anaís pálida de incredulidad.

Anaís se paró de seco, agarró la fina cartera de cuero que había dejado colgada de la silla y se despidió con una sola frase:

-Creo que te equivocaste de objetivo.

Rubén echó la cabeza atrás y respondió con una sonrisa:

-Ya veremos.


3 comments:

Liz said...

cónchale! cuántas cosas le puede haber propuesto el tipo?
me dejas en ascuas.. esta novela por cuotas me tiene curiosa

bruni said...

Jaja, si te deja curiosa he logrado mi objetivo...wait until the next chapter...

Anonymous said...

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